Garabatos al margen

Filosofía, política y otras hierbas

Lo llaman democracia y no lo es

Pepe es un ciudadano del Reino de Asegoría, un país sureño al que sus vecinos del norte no toman muy en serio. Nunca entendió cómo se puede ser ciudadano de un reino. Los reyes tienen súbditos, piensa Pepe, los ciudadanos viven en repúblicas. Cuando estaba en el instituto le preguntó a su profesor de Educación Política cómo era posible que los habitantes de una monarquía fuesen ciudadanos. El gris y siempre desconcertado profesor le había respondido que lo que caracteriza a un ciudadano es la posesión de determinados derechos que le permiten participar en la vida política de su país. Los habitantes del Reino de Asegoría pueden participar en elecciones libres y democráticas y, por tanto, son ciudadanos. Han pasado los años desde entonces, ha votado en un par de elecciones y sigue sin sentirse ciudadano. Ha empezado a sospechar que la denominación de ciudadano no tiene mucho que ver con el escaso margen de participación política al que puede aspirar sin meterse en un partido. Tal vez, piensa, lo único que nos diferencia de los súbditos de una monarquía es que tenemos un rey-campechano en vez de un rey-tirano.

Pepe tiene muchas ideas acerca de cómo deberían ser las cosas, de cómo habría que transformar el Reino de Asegoría para que se realizasen todos los ideales y valores democráticos que le habían enseñado en Educación Política. La soberanía popular, el imperio de la ley, la transparencia de los poderes públicos, la independencia de los medios de comunicación y la separación de poderes eran ideas que aparecían en su libro de texto. Su profesor había insistido en que esas cosas eran lo que nos diferenciaban de otros países no democráticos como las dictaduras y monarquías-no-campechanas. Pepe ha crecido, ha madurado y ha reflexionado sobre todas esas cosas. Con el tiempo ha descubierto por qué su profesor estaba siempre desconcertado. Debe ser difícil insistir en la importancia de unos valores democráticos que no se dan en la realidad y, al mismo tiempo, defender que esos ideales son los que hacen que el Reino sea una democracia. En fin, como decíamos, Pepe tiene muchas ideas políticas pero, de unos años a esta parte, no ha dejado de oír que su generación está despolitizada. Al principio no terminaba de entender qué querían decir quienes profieren tal afirmación. Reflexionando sobre ello ha descubierto que, en determinados contextos, el adjetivo ‘despolitizado’ no quiere decir ‘no tener ideas políticas’ sino ‘no pertenecer a ningún partido político’.

Pepe que, desde que descubrió la diferencia entre súbdito y ciudadano, siempre ha querido ser un ciudadano participativo, se acercó hace algunos años a la maquinaria de los partidos políticos. Si para poder participar en el juego democrático hay que pasar por un partido, no sería mala cosa probar a ver qué tal. Lo que vio le hizo salir corriendo. El hedor autoritario que se desprende de esas formaciones políticas poco tiene que ver con la democracia. No tardó en darse cuenta de que el único medio de acceso a la participación democrática en el Reino de Asegoría exige investirse de virtudes no democráticas. Para medrar en un partido es necesario dar su apoyo incondicional al mismo. Sólo a un súbdito se le puede exigir tal cosa, nunca a un ciudadano. Paradojas del Reino de Asegoría, los partidos políticos, el único trampolín hacía la participación real en los asuntos públicos, son totalmente antidemocráticos. Rendir pleitesía a personajes mezquinos que sólo quieren el poder y acatar sin discusión lo que diga la cúpula del partido no es algo que vaya con Pepe.

Aún así Pepe siempre ha cumplido con sus obligaciones civiles y ha depositado su voto para apoyar al partido que mejor se aviene con sus ideas. En el Reino de Asegoría dos partidos se alternan en el poder: El Partido Gaviota y el Partido Alcachofa y Puño. Pepe nunca les ha votado. Siempre ha simpatizado con partidos más pequeños. En las pocas elecciones en que ha participado se ha sentido como si arrojase su voto a una papelera en vez de a una urna. En Educación Política le habían enseñado cómo funciona eso de las circunscripciones electorales y el sistema de reparto de escaños ideado por un matemático decimonónico del país vecino. Habían hecho varios ejercicios de reparto de escaños en clase y se había familiarizado con el sistema electoral. Sin embargo le costaba entender por qué era necesario tanto jaleo para convertir los votos en representantes. Había planteado sus dudas en clase: ¿Por qué la circunscripción es la provincia y no la comunidad autónoma? ¿Por qué no hay una única circunscripción estatal? ¿Por qué los escaños no se reparten de modo proporcional a los votos? Sin duda a Pepe le inquietaba la injusticia de un sistema que perjudica a los partidos minoritarios. El profesor siempre le respondía que el sistema estaba diseñado para garantizar la gobernabilidad. ¿Pero por qué –preguntó Pepe en cierta ocasión– la gobernabilidad es más importante que la representatividad? Está pregunta, que desconcertó al profesor más de lo habitual, hizo que éste balbucease algo sobre sopas de letras que Pepe nunca llegó a comprender.

Pepe siempre ha compartido sus inquietudes políticas con su amigo Benito pero ambos se sintieron bichos raros durante mucho tiempo. Parecía que muy poca gente pensaba como ellos. En la televisión nunca nadie había manifestado ideas parecidas a las suyas. En las noches electorales, cuando los respetables contertulios comentaban los resultados, ninguno de ellos se escandalizaba de que un partido pudiese obtener mayoría absoluta con apenas el 40% de los votos. Ningún sistema político, piensa Pepe, debería permitir que fuese tan fácil para una formación política poder legislar de manera omnímoda durante cuatro años. Qué menos que exigir más del 50% de los votos para otorgar a alguien un poder semejante. Cuando esos mismos contertulios comentaban los datos de abstención repetían una y otra vez que los políticos deberían tomar nota y movilizar más a la ciudadanía. Ninguno de ellos planteaba ni de soslayo que, tal vez, la representatividad emanada de esas elecciones no era reflejo fiel de la realidad social. Cuando las noticias de corrupción política se sucedían en los medio de comunicación, los mismos contertulios hablaban de “códigos éticos” y falta de responsabilidad de los partidos políticos. Nunca nadie planteaba que lo que hacía falta era más transparencia en las cuentas públicas y mejores mecanismos de control de la acción política. En fin, Pepe pensaba que sólo una pequeñísima minoría de personas pensaban como él.

Sin embargo hubo un año en el que el que los gobernantes del Reino de Asegoría se olvidaron de que su papel era el de ser fieles representantes de la soberanía popular. Una tras otra aprobaron medidas que no emanaban de la voluntad del pueblo sino de oscuros intereses de unas abstractas entidades a las que los medios de comunicación llamaban mercados. No eran mercados concretos, no comerciaban con cosas reales sino con abstracciones económicas como la deuda o el riesgo. Pese a que el monarca seguía siendo campechano, nunca antes el pueblo se había sentido tan súbdito y tan poco ciudadano. Empezaron a proliferar ágoras en la red en las que la gente manifestaba su malestar por los estrechos márgenes que dejaba el sistema a la participación ciudadana. Pepe empezó a pensar que tal vez no estaba tan solo como creía. Era reconfortante encontrar a más gente que pensaba como él. Sin embargo cuando abandonaba el ciberespacio volvía a sentirse solo. En el rincón material del mundo en el que habitaba también existía malestar pero no con el sistema político sino con el partido en el gobierno. Pepe hervía de indignación al pensar que los insultos a la soberanía popular perpetrados por los gobernantes sólo tendrían como consecuencia un cambio de gobierno. Las alcachofas serían sustituidas por gaviotas y nada cambiaría. Pero un día comenzó a circular por la red una convocatoria para una manifestación de carne y hueso en la que se pediría más democracia y más ciudadanía.

Aunque Pepe pensaba que a la manifestación sólo irían cuatro bichos raros, no pudo dejar pasar la oportunidad de asistir. Necesitaba dar salida a su malestar. Para su sorpresa la asistencia fue multitudinaria. Fue una catarsis para Pepe y Benito ¡Había mucha gente que pensaba como ellos! Pronto se dieron cuenta de que la disidencia solitaria que les había emponzoñado la sangre podía convertirse en disidencia organizada y creadora. Esa noche muchos Pepes y muchos Benitos ocuparon las plazas coreando: ¡lo llaman democracia y no lo es! Todas las plazas del Reino vibraron durante semanas como una única voz exigiendo más democracia. Da igual que los medios de comunicación los hayan ninguneado, no es relevante que los políticos no hayan entendido nada y no importa que la “mayoría silenciosa” se conforme con gaviotas y alcachofas. Ha nacido un movimiento organizado para democratizar la democracia y da igual que se abandonen las plazas. Mientras Pepe siga sin sentirse ciudadano ya nunca dejará de cantar: ¡LO LLAMAN DEMOCRACIA Y NO LO ES!

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‘Lo llaman democracia y no lo es’ de Jorge A. Castillo Alonso en garabatosalmargen.wordpress.com está bajo licencia  Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported License.

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