Garabatos al margen

Filosofía, política y otras hierbas

Caníbales y bachilleres

En una cultura que tiende a presentar el filete de ternera en asépticas bandejas de poliestireno expandido, que nos hagan olvidar al animal muerto o al matarife, la antropofagia es algo que está más allá de la linea de lo repugnante. Se trata de algo que nosotros no hacemos y que, desde luego, tampoco estaríamos dispuestos a hacer. La idea misma nos parece nefanda. Hannibal Lecter no impactaría tanto nuestra imaginación si fuese vegetariano. Lo que lo convierte en un símbolo de maldad y depravación no es su gusto por el asesinato, sino sus preferencias culinarias.

Si hacemos caso al testimonio de Heródoto, los griegos del siglo V a. C. eran igual de renuentes que nosotros a comerse a sus conciudadanos o, por lo menos, a sus familiares:

“Tras su coronación, Darío habló a los griegos que estaban presentes y les preguntó por cuánto dinero aceptarían comerse los cadáveres de sus padres. Ellos respondieron que no lo harían por nada del mundo. A continuación, Darío hizo llamar a unos indios llamados Ca’atias que se comen a sus muertos [. . . ] y les preguntó por cuánto dinero aceptarían incinerar los cadáveres de sus padres. Estos, a gritos, le pidieron que no dijera cosas impías. Son costumbres establecidas y creo que Píndaro acertaba al decir que la costumbre reina sobre todos.” (Herodoto, Historia, Libro III)

Heródoto pone distancia con respecto a su horizonte cultural y parece sugerir que no hay nada moralmente superior en honrar a los muertos incinerándolos con respecto a hacerlo devorándolos. Quizás a ustedes, habitantes de la postmodernidad, no les parezca gran cosa, pero se trata de todo un logro intelectual. Distanciarse de la propia cultura, y reconocer que nuestras costumbres no son mejores por el hecho de ser las nuestras, no es algo sencillo. Si lo fuese, la respuesta hacia las diferencias no habrían sido tan frecuentemente el miedo y la violencia.  El logro de relativizar las propias costumbres parece ser que se lo debemos a los ilustrados atenienses del siglo V a. C., en particular, a los denostados sofistas. Démosles las gracias desde aquí.

El caso es que, retomando el hilo antropófago, el canibalismo es todo un clásico de la literatura sobre la diversidad cultural. Un puñado de siglos después de Heródoto, cuando el Nuevo Mundo mostró a Europa una humanidad totalmente distinta a la nuestra, Montaigne volvió sobre el asunto de los caníbales. Si el texto de Heródoto pone en pie de igualdad la cremación y la degustación de cadaveres humanos, Montaigne lleva las cosas un poco más lejos. En su ensayo De los caníbales nos dibuja una tribu salvaje, libre de la corrupción de la civilización y que lleva una vida natural y sencilla. Si hubiese que calificar a alguien de bárbaro o de salvaje, tal vez deberíamos mirar hacia nosotros mismos, pues somos nosotros los que nos hemos despegado de la naturaleza. Los habitantes del Nuevo Mundo ejemplifican para Montaigne el modo natural de ser humano. Los salvajes tal vez seamos nosotros y no ellos. La cosa se agrava cuando resulta que el “buen salvaje”, que con tan bellos colores nos dibuja, practica eventualmente el canibalismo. Por ello su desafio al etnocentrismo es tan fuerte. ¿Cómo puede nadie insinuar que tal vez seamos más salvajes que una panda de antropófagos? La tribu imaginada y descrita por Montaigne vive en una tierra abundante que ha hecho innecesaria la aparición de la civilización.  Sin embargo, pese a no haber sido expulsados del Paraíso, comen carne humana. Cuando capturan a un prisionero de guerra, tras un largo cautiverio en el que el reo conoce el destino que le espera, es despiezado, cocinado y degustado por toda la tribu en un acto que simboliza la más extrema de las venganzas.  Costumbre bárbara, sin duda, pero aquí llega el desafío de Montaigne: ¿acaso es más salvaje este trato que el que sus contemporáneos europeos daban a los prisioneros de guerra? ¿Por qué es peor darnos un banquete con la carne de nuestros enemigos que torturarlos sin piedad hasta la muerte? ¿Quién es el salvaje? He aquí la pregunta relativizadora por excelencia: ¿y si los salvajes fuésemos nosotros?

Que Heródoto y Montaigne recurran al canibalismo para ejemplificar la diversidad cultural no es casual. Es una de las práctica que impacta más profundamente nuestra imaginación y que con más violencia sacude nuestro cómodo nicho cultural. Aprovechando la fuerza fantasmática que tiene esta idea, todos los cursos les pregunto a mis alumnos si estarían dispuestos a comer carne humana. Es el comienzo de una clase que suele ser la más sencilla de dar de todo el curso.  Al estilo socrático, sólo tengo que lanzarles unas cuantas preguntas y ellos solitos sacan sus consecuencias. Como pueden imaginar, la respuesta inicial a una pregunta tan impertinente suele ser la repugnancia generalizada. Los bachilleres del siglo XXI no parecen estar más dispuestos a comer carne humana que los griegos del siglo V a.C. Sin embargo, cuando las aguas se remansan y cesan los aspavientos, siempre hay algún valiente transgresor que afirma que si su supervivencia estuviese en juego, y no tuviese que matar a nadie en el proceso, comería carne humana. De camino, suele aprovechar para informar al resto de la clase de que ha visto una película en la que los supervivientes de un accidente aéreo consiguen subsistir comiendo carne de pasajero fallecido. Planteados tales extremos, la mayoría parece mostrarse de acuerdo en que en tal caso no está tan mal comerse al prójimo. Sin embargo, siempre quedan algunos pocos renuentes que manifiestan preferir morirse de hambre a degustar un filete de homo sapiens. Como a los indios de Heródoto, sólo les falta suplicar que, por favor, dejemos de hablar de cosas impías.  Llegados a este punto, es el momento de formularle una nueva pregunta a los bachilleres. Tras contarles la anécdota narrada por Heródoto, les pregunto si estarían dispuestos a honrar a su recién fallecida abuela devorándola en un banquete familiar. Aquí hay unanimidad en dar la misma respuesta que dieron los griegos a Darío. Ninguno de ellos, bajo ninguna circunstancia, estaría dispuesto a comerse a su abuela. No es lo mismo –argumentan– comerse a un hipotético desconocido, en unas hipotéticas circunstancias extremas, que hacer una parrillada con un familiar fallecido. De ningún modo son cosas comparables.

Ahora es el momento de las preguntas serias. Imbuido por el espíritu de Heródoto y Montaigne, es el momento de preguntarles si consideran éticamente incorrecto honrar a los muertos comiendo su carne. ¿Por qué habría de ser moralmente superior incinerar o enterrar a los muertos que saborearlos? Tras esta pregunta, normalmente, se instalan cómodamente en el relativismo cultural. Que no estén dispuestos a comerse a su abuela no significa que vayan condenar el hecho de que alguien lo haga, si esa es la costumbre de su cultura. De repente, parece que cualquier costumbre es tolerable por muy repugnante que nos resulte. Que a nosotros no nos guste la carne de abuela fallecida no es ninguna razón para prohibirle a otros que la coman, si esa es su costumbre. No está nada bien intentar imponer nuestros valores y costumbres a otras culturas como si representasen la verdad objetiva. De hecho, la idea misma de que pueda existir una verdad objetiva en cuestiones culinarias les parece una arrogancia injustificable. No está nada mal. En un santiamén hemos pasado de la soberbia etnocentrista antiantropófaga a la más amplia de las tolerancias gastronómicas. Cualquier costumbre pasa a ser algo respetable aunque sea ajena a nuestro sistema de valores.

Sin embargo, aún queda una pregunta importante por hacer: ¿realmente todas la costumbres merecen nuestro respeto? Tras unos instantes de vacilación, comienzan a surgir ejemplos de costumbres que consideran absolutamente intolerables. La lapidación de las adúlteras y la ablación del clítoris se convierten en las estrellas de la clase. Se trata de cosas –afirman– que no está bien hacer aunque sean costumbres establecidas y respaldadas por una larga tradición. Pero ¿cuál es la diferencia? ¿Por qué comerse a los difuntos es una práctica respetable y lapidar a las mujeres adúlteras una barbarie injustificable? Vaya pregunta más tonta. Está claro –replican– que el fallecido no siente ni padece y que la mujer sí que es una persona con sus derechos y esas cosas. Al final todo acaba reconduciéndose a la conclusión de que cualquier costumbre es tolerable siempre que no se vulneren los derechos humanos de nadie. No es poca cosa. En una clase han pasado del etnocentrismo al relativismo, para acabar abrazando el corazón de la doctrina multiculturalista. No es ningún logro del profesor. En realidad, antes de entrar al aula, ya eran convencidos multiculturalistas aunque no lo supiesen. Han sido educados durante años en la tautología de que se debe tolerar cualquier cosa menos lo intolerable. Desde que entraron al sistema educativo les han hablado del carácter sagrado de los derechos humanos y se les ha enseñado a respetar la diferencia. No entraña ningún mérito hacer que lleguen a una conclusión que no es otra que la doctrina oficial sobre el hecho de la diversidad cultural. El único mérito de los caníbales ha sido el de hacer que los alumnos hagan explícito algo que ya llevaban dentro. Es el momento de la complacencia, del regocijo por haber encontrado una verdad absoluta e incontrovertible: cualquier costumbre que respete los derechos humanos y la dignidad de las personas es respetable. Deberían ver lo henchidos de satisfacción que se muestran los bachilleres por haber llegado a una conclusión semejante. Descubrir el Mediterráneo siempre es satisfactorio.

Normalmente la clase acaba aquí. Sin embargo, en algunas pocas ocasiones hay algún alumno brillante que formula una pregunta terrible: ¿acaso no son los Derechos Humanos una creación de nuestra cultura? ¿Por qué podemos imponer nuestros valores a otras culturas? Por fortuna, las clases sólo duran 55 minutos y me puedo escaquear de dar una respuesta seria a esa pregunta. Salvado por la campana. Fundamentar racionalmente el carácter objetivo de los Derechos Humanos nunca ha sido mi fuerte.

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