Garabatos al margen

Filosofía, política y otras hierbas

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Sobre la libertad, de John Stuart Mill

Hasta ahora hemos garabateado en margenes metafóricos, etéreos y poco definidos. Va siendo hora de devolver los garabatos a su lugar natural, los márgenes de los libros. Si a alguien se le plantease la tarea de hacer una lista con los clásicos imprescindibles de la filosofía política, es difícil concebir que Sobre la libertad, de John Stuart Mill, no estuviese en ella. Sólo hay un mundo posible en el que yo no incluiría este libro en tal lista, aquel en el que no fue escrito. Aunque en el horizonte actual parezca que la libertad ha dejado de ser problemática, aunque occidente resplandezca como la tierra de la libertad, aunque nos sintamos más preocupados por las desigualdades sociales que por la falta de libertad, el problema al que Mill se enfrenta en este libro nos acompañará siempre como especie. La cuestión de cuáles son los límites que la sociedad puede imponer a la libertad individual, se seguirá planteando mientras el ser humano no deje de ser un animal social. En cualquier interacción social, nuestra acción siempre está sujeta a determinados límites impuestos por la sociedad. Da igual dónde vayamos. En un parque público, en un bar, en una reunión de la comunidad de vecinos o incluso perdidos en el monte, podemos sentir la fuerza de la coerción social sobre nuestra conducta. Determinar cuáles son los límites de la legitimación de la sociedad para restringir nuestra libertad es una cuestión crucial para saber qué tipo de sociedad queremos. Tradicionalmente, este problema se había planteado con respecto a los límites del poder del Estado. Los primeros teóricos del liberalismo habían defendido la libertad individual en un contexto histórico en el que la monarquía absoluta era la forma de gobierno predominante. Por ello, su principal interés había sido el de instituir unos derechos individuales que limitasen la capacidad del soberano para interferir en nuestras vidas. Sin embargo, Mill, que escribe después del nacimiento de las democracias modernas, piensa que la cuestión no sólo debe plantearse en regímenes autoritarios. Una democracia en la que no se pusiesen límites a la acción del Estado acabaría convirtiéndose en una tiranía, ejercida por una mayoría, sobre los individuos que no compartiesen las opiniones y costumbres mayoritarias. Por ello, el poder del Estado debe ser limitado con independencia de su forma de organización política. Además, el problema no sólo se plantea en la relación del individuo con el Estado. La sociedad, al margen del aparato legal, también puede ejercer una formidable influencia coercitiva sobre la libertad individual. La opinión pública y la fuerza de las costumbres pueden llegar a constituir una represión más despótica y efectiva que la del Estado. Si no lo creen, miren al Afganistán “liberado” y vean la escasa repercusión que ha tenido sobre la vida de las mujeres el reconocimiento constitucional de su igualdad de derechos. No hace tantos años que en este país la fuerza del “qué dirán” ejercía sobre las conciencias una represión más fuerte de la que puede conseguir cualquier cuerpo policial.

 Para delimitar el margen de coerción que puede ejercer la sociedad sobre el individuo, Mill enuncia un sencillo principio: la sociedad sólo está legitimada para interferir en nuestra libertad individual cuando nuestras acciones afectan a los intereses de otras personas. Con respecto a las conductas privadas, aquellas que sólo afectan al individuo que las realiza, la sociedad no tiene nada que decir. Así, por ejemplo, el consumo de drogas, la masturbación o el suicidio deberían quedar fuera de la esfera de las restricciones legales y sociales. Lo mismo ocurre con los acuerdos libremente realizados entre dos personas que no afecten a terceros. Sobre ellos no cabe injerencia alguna de la sociedad. Este principio no es nuevo. Sin duda, estaba ya presente en la filosofía de Locke cuando asigna al Estado el papel de intervenir, únicamente, para impedir que se vulneren los derechos naturales a la vida, la libertad y la propiedad. También es enunciado por Kant como el principio supremo del derecho que, en su opinión, no es otro que el de garantizar la máxima libertad compatible con la libertad de todos. La sabiduría popular también tiene una máxima, para educar a los niños en el uso de la libertad, que vendría a coincidir con dicho principio: “tu libertad llega hasta donde empieza la de los demás”. Se trata de un reconocimiento de la idea de que el único límite que debe existir, para el ejercicio de la libertad, es el perjuicio que podamos ocasionar a los demás. Este principio liberal no era una novedad en sí, pero sí lo fue el modo en que lo defendió Mill. Hasta él, la fundamentación filosófica de la libertad se había basado en declarar la existencia de un “derecho natural” a la libertad. Siendo la libertad algo ya dado por naturaleza a los seres humanos, el papel del Estado no podía ser otro que el de garantizar ese derecho. Sin embargo, la idea de que existen derechos naturales se hace inevitablemente problemática cuando caemos en la cuenta de que no existe ningún derecho que no sea de creación humana. Evitando la peregrina discusión entre iusnaturalistas y positivistas, Mill decide defender la necesidad de que se garantice el máximo derecho a la libertad de un modo mucho más sencillo y elegante, a saber: afirmando que la libertad es beneficiosa para el ser humano. Por ello, dedica el grueso de su ensayo a argumentar que las libertades básicas constituyen un ingrediente necesario para nuestra realización personal y para el progreso de la humanidad. A la pregunta de por qué los Estados deberían garantizar la libertad, Mill respondería que porque con ello se hace un gran beneficio a la humanidad. No se trata de una defensa de la libertad en abstracto, sino de las libertades civiles fundamentales: las libertades de conciencia y expresión y la libertad para elegir el propio modo de vida.

 Con respecto a las libertades de expresión y pensamiento, su argumentación se basa en que la censura de cualquier idea constituye un robo para la humanidad. Si se censurase una idea verdadera, se le sustraería a la humanidad la posibilidad de conocer una nueva verdad. Pero si se censurase una idea falsa, también se estaría privando a la humanidad de algo muy importante. Se les estaría robando a los seres humanos la posibilidad de confrontar y contrastar sus propias ideas con otras distintas. Nuestras ideas, sean verdaderas o falsas, no se fortalecen colocándolas en un altar e impidiendo que sean discutidas. El fundamento más fuerte que puede tener una idea es el hecho de que haya estado expuesta a la libre discusión, y haya salido indemne de todos los intentos de criticarla. Por lo tanto, la censura nos estaría privando de la posibilidad de proporcionar fundamentos sólidos a nuestras ideas. Veamos esta argumentación de otro modo. El que considera que es necesario censurar determinadas opiniones, lo hace presuponiendo su propia infalibilidad; es decir, suponiendo que no puede estar equivocado en lo que cree, y que se hace un beneficio a la humanidad impidiendo que se difundan ideas falsas. El único modo en que una persona puede creerse legitimada a censurar otras ideas es pensando que las ideas ajenas son falsas. Ello implica que el espíritu censor cree que sus ideas son verdaderas. Sin embargo, el único modo de que estemos legitimados para decir de una idea que es verdadera es que haya resistido todos los intentos de rebatirla. Por lo tanto, el que aboga en favor de la censura sostiene que sus ideas son verdaderas, al tiempo que destruye la única posibilidad que existe para poder afirmar que son verdaderas. Si esto no es una contradicción, se le parece mucho.

 Al margen de la incongruencia que implica la censura, la defensa que hace Mill de la libertad de expresión se basa en el hecho de que es beneficiosa para el progreso de la humanidad. La presunción de infalibilidad que hace quien quiere recortar la libertad de expresión no es algo que se pueda hacer sin más. Nadie está autorizado para decir que sus ideas y opiniones son verdaderas sin más. La historia ha demostrado constantemente que muchas ideas y opiniones, que en un tiempo se tuvieron por absolutamente verdaderas, resultaron ser falsas para la posteridad. Por tanto, intentar callar al que discrepa nos priva de la posibilidad de sustituir las opiniones establecidas por otras que sean mejores. Por mucho que creamos que nuestras ideas están bien fundamentadas, el disidente siempre puede tener razón. Impedirle que defienda sus ideas es, como decíamos, un robo a la humanidad. El caso es que esta linea de argumentación sólo vale para el más que probable caso de que nuestra comprensión de las verdades fundamentales sea parcial, limitada e incompleta. Pero ¿qué ocurriría si hubiésemos llegado a un estado del desarrollo humano en el que conociésemos todas las verdades de un modo completo y absoluto? ¿Deberíamos seguir permitiendo la libre expresión de opiniones contrarias a la verdad? En un escenario semejante, el que disiente y discute no estaría haciendo ningún beneficio a la sociedad, sino todo lo contrario. Ya sé que es difícil imaginar una situación así. No parece que esa limitada y estúpida criatura, que es el ser humano, pueda nunca llegar a conocer la verdad completa sobre ninguna cuestión importante. Sin embargo, en el negocio de la filosofía debemos llevar las ideas y argumentaciones hasta sus últimas consecuencias, por muy absurdas o improbables que nos parezcan. Veámoslo con un ejemplo de ficción teosófica. Supongamos que ocurre un segundo advenimiento del Verbo hecho carne y, esta vez, decide traernos una revelación en condiciones. No una revelación de pacotilla, como la primera, llena de ambigüedades e imprecisiones. Supongamos además que este segundo hijo de Dios (o rayo rosa) no sólo nos trae las verdades fundamentales sobre la existencia, sino que las acompaña de argumentaciones irrefutables. En este caso, parecería que el papel del que disintiese de las ideas comunes sería más perjudicial que beneficioso. Concederle libertad de expresión sería permitir que generase confusión difundiendo ideas falsas. Sin embargo Mill argumenta que, aún en el más que improbable caso de que la sociedad estuviese en posesión de toda la verdad, la libre discusión y la existencia de opositores son cosas beneficiosas. Veamos por qué. Es un hecho histórico que todas las doctrinas y teorías que han existido sólo se han mantenido vivas y fuertes mientras se han visto forzadas a tener que argumentar y defenderse. Cuando unas ideas se imponen hasta el punto de la total aceptación, y nadie las discute, comienza a olvidarse su fundamento y su sentido. Déjese cualquier idea sin cuestionamiento alguno durante varias generaciones e inevitablemente se convertirá en un dogma muerto. Pongamos por caso -el ejemplo es de Mill- el cristianismo. Mientras los primeros cristianos fueron perseguidos vivieron y practicaron los preceptos de humildad, austeridad y pacifismo radical. Mientras se vieron forzados a defender sus ideas conocían el sentido de tales preceptos, eran capaces de argumentar a su favor con total vehemencia y formaban parte de su vida como guías de conducta. Sin embargo, cuando el cristianismo se impuso y dejaron de ser discutidos, acabaron perdiendo toda su fuerza. Pregúntese a cualquier cristiano de a pie sobre ellos. Seguro que estaría dispuesto a asentir a aquello de poner la otra mejilla, e incluso a aquello otro de que mientras no se fabriquen agujas más grandes que camellos, los ricos irán al infierno. Sin embargo, lo más probable es que no conozca el fundamento o las razones de tales preceptos y tengan poca o ninguna influencia en su vida. Esto es así porque, a fuerza de no ser discutidos, se han convertido en dogmas muertos; es decir, en ideas a las que todo el mundo asiente de modo bobalicón, pero de las que nadie conoce su sentido y a las que nadie hace caso. Y este es el triste destino de todas las ideas que dejan de estar expuestas a la libre discusión. Por ello, la libertad de expresión debe ser defendida y protegida, porque se trata del lugar natural de las ideas, opiniones, doctrinas y teorías. Es en un ambiente de libre discusión y cuestionamiento donde florecen y se hacen fuertes; en su ausencia, se mustian.

 Sin necesidad de llevar las cosas al improbable límite de que las ideas establecidas sean verdaderas, lo cierto es que lo más común sea que tanto la opinión establecida como la disidente contengan algo de verdad. Especialmente las cuestiones éticas y políticas, que no pueden establecerse mediante demostración o referencia a los hechos. Quien ha investigado o reflexionado sobre teorías éticas o políticas enseguida se da cuenta de que nunca hay forma humana de zanjar una discusión. Algunas teorías funcionan mejor en algunos casos, otras en otros y, la mayor parte del tiempo, la reflexión ético-política consiste en sopesar pros y contras. Nunca se llega a una conclusión definitiva. Por ello, nos dice Mill, en las opiniones y teorías que hablan de cómo debemos vivir nuestra vida, lo más probable es que haya algo de verdad y de falsedad. En tales casos, la libre discusión es necesaria para que se muestren las ventajas y desventajas de cada punto de vista y para abrir nuevas perspectivas. Impedirla nos obliga a quedarnos en un estrecho y parcial punto de vista que, muy probablemente, haya dejado de ser adecuado para las circunstancias presentes. Todas las ideas y doctrinas éticas que han tenido la fortuna de llegar a imponerse como opiniones dominantes, lo han hecho en función de unas circunstancias históricas que las hacían necesarias o convenientes. Si con el paso del tiempo se sacralizan y se impide que sean discutidas, se obliga a la gente a vivir sus vidas siguiendo ideas inadecuadas para sus circunstancias y, lo que es peor, se impide que surjan nuevas ideas que sean más adecuadas para ese momento. ¿Cuántos preceptos religiosos conocen que se han vuelto completamente obsoletos y que, sin embargo, se mantienen vigentes? No hace falta que los enumeren todos si no quieren perder demasiado tiempo en una tarea inútil.

 En general, toda la argumentación de Mill a favor de la libertad de expresión orbita en torno a la idea de que la censura, y la prohibición de discutir sobre determinados temas, conduce a una sociedad inmovilista y enemiga del progreso. Sea cual sea el campo en el que nos encontremos, el progreso y la mejora de nuestras ideas y teorías sólo son posibles si pueden ser libremente analizadas y discutidas.

 Los mismos argumentos que sirven para defender la libertad de expresión le valen a Mill para defender la libertad de elegir el propio modo de vida. Al igual que es beneficioso para el progreso que se formulen nuevas ideas, también es deseable que haya personas que inicien nuevos modos de vida. Una sociedad en la que la gente se limita a vivir su vida de acuerdo con las costumbres establecidas y donde las opciones vitales están férreamente pautadas, es también una sociedad inmovilista. Allá donde no existe espacio para cultivar la propia individualidad y experimentar con nuevos estilos de vida, nada nuevo y valioso puede surgir. Además, la libertad para elegir cómo vivir nuestra vida no es sólo beneficiosa para el progreso, sino que es necesaria para promover la felicidad de los individuos y su realización personal. Somos una especie diversa. Las cosas que hacen felices a unos, pueden hacer desgraciados a otros, las que motivan a algunos, pueden resultar insoportablemente aburridas para los demás y, en fin, las preferencias humanas son tan dispares que nunca dejamos de sorprendernos de los extraños caminos que elige la gente para ser feliz. Cuando el Estado o la opinión pública se arrogan el poder de prohibir determinados estilos de vida están condenando a la infelicidad y la frustración a mucha gente. Debe entenderse aquí, como hemos visto más arriba, que el principio liberal sólo se aplica a aquellos estilos de vida que no perjudican los derechos de otros. Pero ¿qué pasa con aquellos modos de vida que son perjudiciales para el que los practica y para nadie más? En ellos -nos dice Mill- ni el Estado ni la sociedad están legitimados para intervenir. Cualquier individuo adulto debe ser libre de buscar su propia perdición, si así lo desea y ha sido debidamente informado de los riesgos que conllevan sus elecciones.

 Aquí nos encontramos con el viejo conflicto entre liberalismo y paternalismo. ¿No debería el Estado preocuparse por la felicidad de sus ciudadanos e impedir que se perjudiquen a sí mismos? Aunque es difícil saber qué cosas harán felices a la gente, sí que podemos saber con bastante seguridad que hay cosas como el alcoholismo o la drogadicción que los harán infelices y miserables. ¿No debería el Estado prohibir aquellas cosas que sabemos que causarán infelicidad? La respuesta de Mill es que no. El mal menor de permitir que algunos individuos busquen su propia desgracia no compensa el mal de permitir que el Estado, o los demás, le impongan al individuo lo que consideran beneficioso para él. Por muy bienintencionada que sea la sociedad, nadie está más interesado en su propio bienestar que uno mismo. Además, las injerencias de la sociedad en la libertad individual sólo pueden basarse en presunciones acerca de lo que es beneficioso en general. Éstas siempre pueden fallar al aplicarse a los individuos particulares. Es más, las ideas establecidas acerca de lo que es bueno para los individuos suelen basarse en las preferencias personales de la clase social dominante o más numerosa. Existe en la humanidad una cierta tendencia a convertir las propias preferencias personales en preceptos morales. Es esta tendencia la que suele motivar la mayoría de las interferencias injustificadas de la sociedad sobre la libertad individual. No suele ser el bienestar de los individuo lo que espolea la coerción social, sino la creencia injustificada de que lo que es bueno para nosotros debe serlo también para los demás. Por ello, permitir que la sociedad pueda ejercer coerción sobre el individuo para que adopte un determinado modo de vida, consiste básicamente en imponerle las preferencias de la mayoría. Éstas pueden no serle adecuadas y causarle más desgracia que felicidad. Al final, nadie conoce mejor que uno mismo cuáles son sus sentimientos, circunstancias y preferencias. Por ello nadie debe tener el poder de decidir por nosotros qué es lo que más nos conviene.

 Un apunte para contextualizar: Mill realizó estas reflexiones en pleno auge de la moral victoriana. Sin duda, era más que necesario plantear estas cuestiones. A nosotros, habitantes de la época de la tolerancia multicultural, las libertades individuales y la muerte de las morales sustantivas no nos deberían decir gran cosa. La época de la represión de “palo y tentetieso” ya pasó. Sin embargo, ahora que la libertad de expresión es ampliamente reconocida, han surgido nuevos modos de neutralizarla más sutiles y efectivos que la tijera del censor. Ya no se trata de impedir que el disidente hable, es mucho más efectivo convertir sus palabras en algo anecdótico y estrafalario. Convertirlo a él mismo en un paria, un perroflauta o un antisistema. Los medios de comunicación han fomentado el pensamiento único hasta tal punto que, los que no comulgan con los dogmas comunes, deben comenzar su discurso afirmando la existencia de ideas alternativas. El disidente, antes de exponer sus ideas, se ve forzado a afirmar la posibilidad misma de disentir. Por ello, nunca está de más recordar la importancia que concede Mill a la existencia de ideas contrarias a las establecidas. Igualmente, el importante papel que da al libre análisis y discusión crítica de las ideas, como vehículo de progreso, podría llevarnos a replantear el actual sistema de patentes que, en campos como la informática o la medicina, están suponiendo una pesada rémora para el progreso. Es lo que tienen los grandes clásicos. Aun sacándolos del contexto en el que surgieron siguen arrojando luz sobre nuestro tiempo. Lean Sobre la libertad, de John Stuart Mill, es francamente inspirador.

Hasta ahora sólo hemos hablado de las libertades civiles pero ¿qué pasa con las libertades económicas? En nuestro tiempo, la batalla por la libertad se está jugando en un campo distinto al de las libertades fundamentales. El futuro de la humanidad, para los próximos años, se está decidiendo en torno a la cuestión de qué límites se deben establecer para la actividad económica. Por ahora van ganando los viejo-nuevos librecambistas y, salvo remontada épica en el tiempo de descuento, su victoria está próxima. Mill, aunque por razones distintas a las aquí expuestas, era un defensor del libre comercio. He decidido no tratar aquí la cuestión porque el libro sobre el que garabateamos tan sólo dedica un exiguo párrafo a este tema. Hablaremos de las relaciones entre el liberalismo político y el económico en el próximo garabato.

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Sobre la libertad, de John Stuart Mill’ de Jorge A. Castillo Alonso en garabatosalmargen.wordpress.com está bajo licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported License.

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Hobbes, Naomi Klein y el uso político del miedo

El miedo y la esperanza son emociones poderosas e inevitables. La fuerza que nos lleva a imaginar el futuro, y temer o desear lo que vendrá, es espontanea. Sin embargo, la historia nos ha enseñado a desconfiar de los gobiernos que inflaman esas dos pasiones. Si un Estado promueve el miedo o promete esperanzas salvíficas, podemos empezar a sospechar que algo va mal. Cuando las instituciones políticas se apoderan del tejido emocional del pueblo, los efectos suelen ser catastróficos: dictaduras brutales, Estados policiales, cazas de brujas y genocidios. Todos ellos se originan en el uso institucional del miedo. Por ello, tras muchos tropiezos, hemos aprendido que el miedo debe quedar fuera de la esfera política. No siempre fue así.

Hablando de su nacimiento, Thomas Hobbes dijo: “el miedo y yo nacimos gemelos”. Según cuenta, su madre dio a luz de modo prematuro ante la noticia de la inminente llegada de la Armada Invencible. No se trata de una anécdota sin importancia. Con ello, el fundador de la teoría política moderna, estaba aludiendo a la importancia que tuvo esta emoción primaria en su sistema filosófico. La mayoría de los filósofos que han hablado sobre el miedo, le han asignado un papel negativo. Para Epicuro, por ejemplo, el miedo es el principal obstáculo para alcanzar la felicidad y para Spinoza, por poner otro ejemplo, el miedo, junto con la esperanza, constituyen las peores de nuestras pasiones porque disminuyen nuestra capacidad de actuar. Sin embargo, Hobbes le asigna al miedo un papel positivo y creador. Nada más y nada menos que el de ser el motor del origen de la civilización y de la vida sujeta a leyes. El miedo es, en su opinión, lo que mueve a los seres humanos a someterse a la autoridad de un Estado. En un hipotético “estado de naturaleza”, en el que no existiese el Estado, los seres humanos habitarían un mundo brutal y despiadado. En tal situación viviríamos a merced del violento capricho de los otros, en un estado de guerra permanente. El miedo y la inseguridad generados por esta “guerra de todos contra todos”, haría que nuestra vida fuese invivible. Por ello, los seres humanos tienden a ceder su libertad natural a un soberano que debe ser capaz de garantizar la seguridad de todos. ¿Cómo hará el soberano tal cosa? De nuevo, mediante el miedo. Éste impondría su “legítima” autoridad mediante el miedo al castigo. Con ello Hobbes convierte el miedo y la necesidad de seguridad en las piedras angulares de su planteamiento político. Es la fuerza que origina y da legitimidad al Estado, al tiempo que es el instrumento que permite mantener el orden social.

Con este planteamiento, Hobbes estaba realizando la primera gran fundamentación teórica del Estado absolutista. El poder del soberano no debía tener límites mientras fuese capaz de proporcionar seguridad a su pueblo. Aunque varios siglos después, parece que el liberalismo político ha ganado la batalla, el miedo ha vuelto a surgir en numerosas ocasiones como instrumento de control político. Todos los totalitarismos sin excepción han hecho un uso abusivo del miedo como instrumento de cohesión social. No hay nada que mantenga más unido a un pueblo que el miedo a un enemigo común. Los judíos, los masones, los comunistas y demás enemigos fantasmáticos, no son más que instrumentos de cohesión para mantener unido a un pueblo, que de otro modo, no vería ninguna razón para unirse bajo la bandera de un tirano. El miedo es aún más útil como instrumento de dominio, cuando conseguimos convencer al pueblo de que el enemigo no está sólo más allá de nuestras fronteras, sino que también puede ser nuestro vecino. El imaginario de la mayoría de las dictaduras está poblado de agentes encubiertos que buscan perturbar el orden social y que constituyen un serio peligro para los valores patrios. El miedo, lejos de lo que pretendía Hobbes, no sólo no es una fuente de legitimidad para el Estado sino que es un sustituto para la falta de legitimidad del mismo. Cuando un Estado no puede o no quiere cumplir con las funciones de las que mana su legitimidad, como la protección de los derechos fundamentales de sus ciudadanos, el recurso al miedo es la única salida que le queda para evitar un levantamiento popular.

El caso es que en las democracias modernas parece que el miedo ha quedado desterrado de la vida política. Seguimos viviendo con miedo por infinidad de cosas, pero el Estado ha dejado de arrogarse la potestad de provocar miedo en sus ciudadanos. Seguro que podemos encontrar ejemplos de gobiernos democráticos que han coqueteado con las bazas del miedo y la necesidad de seguridad, para hacer tragar a los ciudadanos cosas que en condiciones normales, no aceptarían. El brutal ataque contra los derechos humanos que acometió la administración Bush tras el 11-S, sería un ejemplo perfecto de ello. Sin embargo, tales conductas políticas son desviaciones de la normalidad democrática. Cuando un gobierno democrático promueve o se aprovecha del miedo para gobernar, lo que se pone en peligro es la misma democraticidad de la democracia. En general, podemos decir que la democracia y el uso político del miedo son incompatibles.

El uso político del miedo para llevar a cabo medidas, que en condiciones normales serían rechazadas por la soberanía popular, está magníficamente documentado en el libro La doctrina de shock de Naomi Klein. Su hilo conductor pretende mostrar cómo el paulatino desmantelamiento del Estado de bienestar, ha tendido a apoyarse en sucesos dramáticos y desastrosos para acometer reformas, que de no ser por el miedo y el desconcierto de la población, habrían encontrado una seria resistencia popular. Klein nos muestra que no se trata de algo casual, sino que responde a una estrategia deliberada de los neoconservadores. Milton Friedman y la Escuela de Chicago, conscientes de que sus propuestas son necesariamente impopulares en una sociedad “contaminada” por ideales socialistas, han argumentado en más de una ocasión sobre la necesidad de aprovechar aquellos momentos en los que la población está en estado de shock, para llevar a cabo reformas liberalizadoras de gran calado. Klein emplea un ejemplo especialmente ilustrativo de esta actitud. Tras el desastre del Katrina en Nueva Orleans, a sus 93 años de edad, Friedman aún tuvo energías para recomendar en The Wall Street Journal que se aprovechase el desastre para acometer una reforma de la red educativa de Nueva Orleans. Antes de que los ciudadanos pudiesen volver a sus hogares, la mayoría de las escuelas públicas fueron sustituidas por escuelas privadas. Se trata de un ejemplo a pequeña escala de la estrategia básica de los neoliberales. Como una gran mayoría social se encuentra bastante apegada al Estado de bienestar, es necesario acudir al desastre para privatizar y liberalizar los servicios públicos. Se trata de usar el miedo y el desconcierto para burlar la soberanía popular. Friedman y sus secuaces, convencidos de la verdad científica de la eficiencia y perfección del libre mercado, y de la ignorancia del pueblo en materia económica, sostienen que hay que aprovechar aquellos momentos en los que la sociedad civil se encuentra en estado de shock, para profundizar en la economía de libre mercado. Aquí nos encontramos con la vieja actitud antidemocrática del platonismo: como los ciudadanos no saben lo que es bueno para ellos, es preferible que gobiernen los que sí lo saben. Como el pueblo ignora las bondades del libre mercado y se siente irracionalmente apegado a las instituciones del Estado de bienestar, es necesario aprovechar su miedo para conducirlos por el buen camino. Klein, en un monumental trabajo de investigación periodística, nos muestra cómo los grandes avances en la implantación de políticas neoliberales, han ido casi siempre precedidos de un estado de shock o conmoción en la sociedad civil. Lean su libro, merece la pena.

Estas reflexiones son preocupantes porque vivimos en un continuo estado de miedo, acechados por vaticinios catastrofistas. En los últimos años, el miedo difuso a una quiebra del sistema financiero no deja de ser alimentado por instituciones de gran peso internacional como el FMI. Por todas partes nos llueven mensajes de catástrofe inminente. Las agencias de calificación de riesgo provocan terror, cuantificando el miedo, mediante un sistema de letras ominosas. No hay día que los periódicos no hablen del miedo de los mercados. Y así, en este clima de incertidumbre, es donde florecen los ataques a la soberanía popular. ¿Hay algún ciudadano que viva de su trabajo que pueda estar de acuerdo con la última reforma del sistema de pensiones? ¿Realmente algún trabajador puede estar de acuerdo con las últimas reformas laborales? ¿Cómo un gobierno democrático puede acometer tales reformas sin apenas respuesta social? Sólo puede hacerlo alimentando el miedo a lo peor. Si no se reforma el sistema de pensiones, la caja de la seguridad social puede quedar vacía. Si no se reforma el mercado laboral, el paro seguirá creciendo. Si no reformamos la constitución, los mercados pueden perder la confianza en nuestra deuda. La lógica que subyace a esta justificación de reformas impopulares, consiste en presentar al ciudadano la alternativa entre algo malo y una situación catastrófica. Todas las reformas neoliberales a las que estamos asistiendo son alimentadas por el miedo a la catástrofe, y si alguna vez cesa la tormenta y vuelve la confianza a los mercados, nos encontraremos con que nos hemos dejado el Estado de bienestar por el camino. Así, mediante el uso político del miedo, es como la democracia queda burlada. No lo olviden. Los que medran con el miedo, son los verdaderos enemigos de la democracia.

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‘Hobbes, Naomi Klein y el uso político del miedo’ de Jorge A. Castillo Alonso en garabatosalmargen.wordpress.com está bajo licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported License.

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