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Fetichismo y capitalismo: las bragas de nadie o el capital financiero

Aunque el fetichismo es un asunto al que se le pueden dar muchas vueltas, se puede definir de manera sencilla como la atribución a un objeto de propiedades o características que  en sí mismo no tiene. Primariamente, el fetichismo aparece ligado al pensamiento mágico y religioso. Por ejemplo, una pata de conejo es investida de la propiedad de dar buena suerte en virtud de las creencias de su portador. El fetiche mágico o religioso depende fundamentalmente de las creencias de los individuos. Así, dos personas distintas pueden portar un mismo objeto, por ejemplo una Cruz de Caravaca, y ocurrir que una lo lleve como símbolo de su religión y otra como fetiche. Lo único que las distingue es que la segunda persona cree que la Cruz de Caravaca ahuyenta la mala suerte y protege contra el mal de ojo mientras que la primera no.

El mono humano es un animal bastante tendente a la fetichización: bolígrafos de la suerte para hacer exámenes, esas gotas de colonia antes de salir de fiesta sin las cuales seremos incapaces de ligar, la ropa interior roja que nos proporcionará un año feliz, etc. Sin embargo, el fetichismo no siempre es un fenómeno ligado exclusivamente a la superstición y la religión. Los seres humanos tendemos a fetichizar objetos en otros ámbitos más profanos como puede ser el de la sexualidad. Es lo que ocurre, por ejemplo, con la fetichización de la ropa interior: a algo que por sí mismo sólo es un pedazo de tela se le atribuye la capacidad de causar excitación sexual. Veámoslo con algunos ejemplos. Pepe se excita con las bragas usadas de su pareja y está siempre deseoso de quedarse sólo en casa para revolver el canasto de la ropa sucia en busca de su objeto de deseo. Las toca, las huele, las frota por su cuerpo y se masturba con ellas. Alguien podría argumentar que, en esos momentos, Pepe no usa las bragas como fetiche sexual porque lo que realmente le excita es el olor íntimo de su pareja. Sin embargo, resulta no ser el caso. Lo que realmente le excita es el objeto bragas usadas, con independencia de si huelen más o menos a orina o a flujo vaginal. Veámoslo con otro ejemplo. Benito se siente muy atraído por su vecina Brunilda pero jamás ha exteriorizado esa atracción. Ambos están casados con sus respectivas parejas y llevan una plácida existencia sexual burguesa de tipo sábado-sabadete. Benito sabe que cualquier intento por su parte de tomarse en serio su deseo podría acabar con esa felicidad paradisiaca y, sopesados los pros y los contras, opta por ignorarlo. Sin embargo, cada vez que sube a la terraza a tender la ropa no puede dejar de mirar de soslayo las bragas tendidas de Brunilda. A veces se acerca a tocarlas, otras, incluso se atreve a olerlas e inhalar el excitante olor a jabón de marsella y suavizante de lavanda. Un día, finalmente, se atreve a robar unas bragas de Brunilda y las atesora como un objeto de culto sexual. Un tesoro peligroso que le puede costar embarazosas explicaciones, en caso de ser descubierto, pero del que no puede desprenderse y del que no puede dejar de disfrutar en sus momentos de soledad. Se podría decir que lo que excita a Benito no son las bragas mismas, sino el hecho de que pertenezcan a Brunilda. Sin embargo, ningún otro objeto de Brunilda le causa excitación. Jamás se le ha ocurrido, por ejemplo, robar unos calcetines de Brunilda. Tanto en el caso de Pepe como en el de Benito las bragas aparecen fetichizadas sexualmente, convertidas en un objeto con capacidad para causar excitación sexual por sí mismas. Es cierto que sus fetiches aún mantienen una cierta vinculación con algunas propiedades que les resultan excitantes como pueden ser el olor, en el caso de Pepe, o el hecho de que pertenezcan a Brunilda, en el caso de Benito. Sin embargo, esas propiedades no les excitarían por sí mismas si no estuviesen adheridas al objeto bragas y es, por ello, por lo que estas prendas funcionan como fetiches. Con todo, Pepe y Benito son fetichistas en un grado inferior en el que lo sería  alguien al que le excitasen las bragas en general. El grado de fetichización de un objeto es más elevado cuanto más independiente es de las propiedades reales que posee. Por ello, el más alto grado de fetichización de la ropa interior se daría cuando lo que se fetichiza son las bragas de nadie, cuando la capacidad de excitación de las bragas-fetiche sólo depende del hecho de que sean bragas y nada más.

Los fetichismos que acabamos de presentar se sustentan en los individuos que los practican. Sin los individuos fetichistas, esos objetos no funcionarían como fetiches. Sin embargo, Marx detectó la existencia de fetichismos que no dependen de los individuos, sino de la forma que adoptan sus relaciones sociales o, más concretamente, sus relaciones económicas. Se trata de fetichismos independientes de los individuos en tanto que cualquier conjunto de individuos, que entren en determinadas relaciones económicas de producción, se comportarán inevitablemente de modo fetichista. No dependen del contenido de esas relaciones de producción (los individuos concretos), sino de la forma social que adoptan esas relaciones. Aunque el análisis que hace Marx del modo de producción capitalista está atravesado por la detección de múltiples mistificaciones y fetichismos,  los dos más interesantes y famosos son los referidos a la mercancía y al capital.

Empecemos por el fetichismo de la mercancía. Una mercancía es un producto del trabajo humano que, además de poseer un valor de uso, tiene también un valor de cambio. Cuando se dice de algo que tiene valor de cambio, se quiere decir que ese algo es intercambiable en alguna magnitud cuantitativa por otra cosa. Si digo que unas botas valen dos cestas de mimbre, o que valen 20 euros, estoy expresando el valor de cambio de esas botas, es decir, estoy expresando la cantidad en que esas botas son intercambiables por otras cosas. Para Marx, lo que hace que una mercancía tenga un determinado valor de cambio es el tiempo de trabajo socialmente necesario para producirla. Si, dados los avance técnicos de una sociedad, se gastan 6 horas de media para producir unas botas y 3 horas para producir una cesta de mimbre, entonces dos cestas de mimbre serán directamente intercambiables por un par de botas. La cosa se complica mucho más cuando, en virtud del desarrollo de las fuerzas productivas, la circulación de mercancías se generaliza y se introduce en la ecuación la mercancía dineraria. Vamos a obviar esas cuestiones y a quedarnos con la idea fundamental: las mercancías tienen valor de cambio porque son fruto del trabajo humano.

Sin embargo, conforme se desarrolla la producción mercantil y se instaura una forma social de producción cuyo fin principal es la venta de lo producido, ocurre una curiosa inversión fetichista. Las mercancías comienzan a presentársenos como poseyendo valor de cambio por sí mismas, con independencia del trabajo humano invertido en ellas. La relación entre trabajo y valor se nos muestra invertida: las mercancías no tienen valor porque se haya invertido trabajo en ellas, sino que se trabaja en producirlas porque tienen valor de cambio por sí mismas. El fetichismo radica aquí en que una propiedad que la mercancía posee en virtud del trabajo empleado en su producción aparece como una propiedad mística que la mercancía posee de modo inherente. El fetiche mercancía se independiza de la producción y da lugar a un misterioso mundo, autonomizado con respecto al mundo de la producción, en el que  las mercancías se venden o se compran en función del valor que por sí mismas poseen. El mundo del intercambio no sólo se hace autónomo con respecto al mundo del trabajo, sino que la producción misma se organiza en función de ese mundo fetichizado del intercambio. La mercancía se convierte en fetiche desde el momento en que las relaciones sociales entre los productores dejan de ser transparentes para ellos. En la esfera de la de la producción parecen actuar como individuos independientes mientras que sus productos se relacionan entre sí en la esfera del intercambio. Lo que se enfrenta en el mercado no son productores, sino mercancías que parecen tener una vida autónoma en función de sus respectivos valores. Así, las relaciones sociales entre los productores se convierten en relaciones sociales entre cosas totalmente fetichizadas y autonomizadas con respecto al mundo del trabajo.

Aunque el fetichismo de la mercancía sea el más conocido de la obra de Marx, el fetichismo del capital puede resultarnos incluso más interesante en unos tiempos en los que el capital es conceptualizado a menudo, completamente fetichizado, como una fuerza autónoma capaz de derribar gobiernos y arruinar países. Veamos en qué consiste. Por capital se entiende el valor que se invierte con la finalidad de recuperarlo en una cuantía superior a la invertida, es decir, con la finalidad de que refluya a las manos del capitalista con un plusvalor. Es, en palabras de Marx, valor que se autovaloriza. Para entender mejor la naturaleza del capital es necesario ver en qué clases de cosas se materializa. El capital industrial se encarna tanto en los medios de producción (maquinaria, herramientas, edificios, materias primas) como en la fuerza de trabajo vendida por los obreros. El capital comercial se materializa básicamente en las mercancías compradas para revenderlas. El capital de préstamo, o capital que devenga interés, se encarna en el dinero mismo que se presta para que retorne con un interés. Ahora bien, para Marx, el único valor capaz de producir valor es la fuerza de trabajo. Por tanto, para que el capital realice su plusvalor debe encarnarse necesariamente en la fuerza de trabajo de los obreros. Así, el capital industrial realiza su plusvalía mediante la explotación de esa fuerza de trabajo, el capital comercial se apropia de una parte de esa plusvalía y, en el capital que devenga interés, el pago de los intereses se deriva, en última instancia, del plusvalor generado por la producción. En resumen, el capital no podría ser un valor que generase plusvalor si no se invirtiese en la compra de fuerza de trabajo.

El capital se convierte en fetiche cuando aparece dotado, por sí mismo, de la capacidad de ser productivo. En este caso se da una inversión fetichista análoga a la que se daba con el fetichismo de la mercancía: el capital no se percibe como productivo por encarnarse en el trabajo de los obreros, sino que la fuerza de trabajo parece productiva por ser una encarnación del capital. El capital aparece como dotado de vida propia, como un valor capaz de generar plusvalor por sí mismo, mientras que la fuerza de trabajo y los medios de producción aparecen como meros instrumentos del capital. El mismo capital industrial, el que se encarna en la fuerza de trabajo, está ya fetichizado por cuanto se le considera como el factor determinante de la producción. En el capital comercial, el que se encarna en el producto del trabajo bajo la forma de mercancía, el grado de fetichización es aún más elevado en tanto que genera la apariencia de que, por el mero hecho de realizar los movimientos de venta y compra, es creador de plusvalor. Pero, sin duda, el grado más alto de fetichización se da en el capital financiero que se nos aparece como dinero que crea dinero, valor que se autovaloriza por sí mismo. El capital industrial y comercial, del mismo modo que las bragas-fetiche de Pepe y Benito estaban vinculadas a propiedades excitantes, están vinculados a la producción real encarnándose respectivamente en la fuerza de trabajo y en el producto de esa fuerza. En cambio, el capital financiero está fetichizado en un grado análogo al que lo estaban las bragas de nadie: bragas que excitan, por sí mismas, por el hecho de ser bragas y valor que se autovaloriza, por sí mismo, por el hecho de ser valor.

El capital financiero es el gran fetiche de nuestra época. Vivido y figurado como una fuerza sublime y terrible capaz de hundir la eurozona, de expulsar a Berlusconi del gobierno y sustituirlo por Monti, capaz de dictar el destino de países enteros. Conceptualizado por la derecha neoliberal como una fuerza natural que sigue sus propias leyes y, por la izquierda, como un arma terrible en manos de una oligarquía. En cualquier caso, como una fuerza dotada de vida propia, como una creación humana que se ha hecho autónoma y ha escapado al control de su creador. El fetichismo empapa el lenguaje del establishment cuando políticos y periodista hablan de una economía real, ligada a la producción, y otra economía (¿irreal?) especulativa, como si fuesen dos ámbitos independientes, como si el capital financiero pudiese volar libremente sin tocar nunca el suelo de la producción. El mundo del trabajo, atenazado por un fetiche terrible que ha devenido tótem y que habla el lenguaje de las primas de riesgo y los ajustes estructurales, se vuelve así incapaz de ver su poder como auténtico creador de la riqueza. Obnubilados por las bragas de nadie nos vemos incapaces de apreciar la carnalidad que están destinadas a revestir.

Los fetichismos económicos son tan persistentes y están tan extendidos porque tienen la peculiaridad de no originarse en la subjetividad individual, sino en la forma social en la que se organiza la producción. Tienen, por así decirlo, un fundamento objetivo en la estructura económica de la sociedad. Los fetiches religiosos o sexuales dejan de serlo en cuanto el fetichista se convence de que no poseen las propiedades que le atribuye. Sin embargo, los fetiches económicos no dejan de serlo porque sepamos que lo son. Aunque conozcamos su secreto y sepamos que son fetiches, seguirán presentando la apariencia de fetiches. Del mismo modo que saber que la tierra no es plana no elimina la apariencia de su planicie, saber que las mercancías deben su valor al trabajo no elimina la apariencia de que el valor es una propiedad inherente a la mercancía. Mientras vivamos insertos en las relaciones de producción capitalistas, las mercancías se nos aparecerán como teniendo valor por sí mismas y el capital como siendo productivo por sí mismo. De hecho, dentro del modo de producción capitalista, es completamente apropiado decir que las mercancías tienen un valor o que el capital es productivo. No se está diciendo ninguna mentira. El fetichismo se da cuando esas propiedades se les atribuyen de modo inherente como si fuesen parte esencial del capital y las mercancías, como si no se debiesen al trabajo humano. Lo curioso aquí es que, aunque hayamos desvelado la ilusión del fetiche, aunque sepamos que el capital sólo es productivo por encarnarse en la fuerza de trabajo de los obreros, la ilusión permanece. El capital seguirá presentándose ante nosotros como dotado de productividad por sí mismo. La ilusión se deriva no de nuestras creencias, sino de la forma social que ha adoptado la producción en el capitalismo y, por tanto, persistirá  mientras permanezca el modo de producción capitalista.

Si saber la verdad sobre el capital y la mercancía no disuelve su apariencia de fetiches ¿de qué nos sirve? ¿Qué utilidad puede tener saber lo que hay detrás de la máscara del capital si no podemos arrancársela? Nos sirve para neutralizar la función principal del fetiche, esto es, para impedir que pueda cumplir su función ideológica. Los fetichismos de la mercancía y del capital, como mecanismos ideológicos, sirven para ocultar el hecho de que la única fuerza capaz de producir valor es el trabajo humano. Sirven para invertir, en nuestro imaginario, la relación entre trabajo y capital dando primacía al mundo del capital sobre el mundo del trabajo. Más aún, al crear en nosotros la conciencia de que el capital es el factor determinante de la producción, el capitalismo se nos aparecerá como un modo de producción natural e inevitable, como la única forma posible de organizar la producción. Una vez desvelado el misterio del fetichismo, la ilusión persistirá pero ya no podrá cumplir su función. En nuestras vidas, seguiremos actuando como si las mercancías tuviesen un valor inherente y como si el capital fuese inherentemente productivo. No puede ser de otro modo mientras nuestra existencia se desarrolle en el seno de las relaciones de producción capitalista. Sin embargo, saber que son fetiches nos permite ver más allá del sistema capitalista e identificarlo como un modo de producción históricamente determinado y, con ello, se nos abre la posibilidad de pensar otras alternativas posibles.

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La ideología neoliberal en nuestras vidas IV: la política como gestión de la necesidad

Cuarta parte: La política como gestión de la necesidad

Cuando se acerca un cambio de ciclo político es habitual escuchar decir a la gente que si los de tal partido lo han hecho tan mal, es hora de votar a los otros a ver si lo hacen mejor. Desde que tengo conciencia de la alternancia de partidos en el poder ha sido así. Siempre hay un trasvase de votos entre partidos, no sabría decir si grande o pequeño, por parte de aquellos que consideran que el partido en el gobierno lo ha hecho muy mal y que sería buena cosa probar a votar a los otros. Parece algo normal y saludable. Algún entusiasta cursi incluso lo calificaría como el triunfo de la democracia. Sin embargo, no es así. Cuando la gente cambia su voto no rigiéndose por ideas políticas, sino por un ‘hacerlo mejor o peor’ absolutamente despolitizado, estamos presenciando otra cosa. Asistimos más bien al triunfo del objetivo neoliberal de dar muerte a la política, de matarla bien muerta.

Démosle algunas vueltas al asunto. Si alguien considera que el partido al que ha votado ha hecho las cosas mal y decide votar a otro partido, está suponiendo que lo que importa no son las ideas y valores políticos de los partidos, sino que sean buenos gestores. Entiende la política como gestión sin más y con ello implica que hay una buena manera de gestionar las cosas con independencia de las ideas políticas. Es la muerte de las ideologías y de la política. No porque mueran todas las ideologías, sino porque se impone una sola pero disfrazándose de no-ideología, de no-política. En esta situación, los partidos se lanzan a colonizar un centro inexistente desde el que presentarse a los electores como buenos gestores que ya han trascendido las viejas y caducas ideologías políticas. No hace mucho, un partido obtuvo mayoría absoluta haciendo una campaña electoral de extremo centro consistente en decir que harían lo que hubiese que hacer. El mensaje no era que harían políticas de izquierdas o de derechas, sino que harían lo que fuese necesario hacer.  Otro partido en alza intenta deslindarse en la medida de lo posible de cualquier posición ideológica y se presenta a los electores como un partido que hace  “propuestas sensatas” y presuntamente desideologizadas.

En política es imposible actuar sin partir de determinados valores o ideales. No puede existir nada parecido a una buena gestión neutra. Para que algo se pueda considerar como una buena gestión debe serlo con respecto a una determinada escala de valores. No hay políticas que sean buenas sin más. No es lo mismo una buena gestión al servicio de valores como la igualdad y la justicia social que una buena gestión al servicio de la flexibilidad laboral y la competencia. No es lo mismo una buena gestión al servicio de los intereses de la clase dominante que una buena gestión al servicio de las clases explotadas. Los que se pretenden situar en esa posición neutra y desideologizada, los que pretenden que gobiernan haciendo sólo lo que es necesario hacer, en realidad intentan esconder que tras sus medidas hay una ideología y unos intereses de clase muy determinados. Enmascaran su propia ideología disfrazándola de no-ideología, de necesidad histórica, y así es como se convierten en gestores de la necesidad. Los políticos convertidos en agentes del sentido común, de lo necesario, de lo sensato y del gobierno como Dios manda. Con ello se convierten a sí mismos, y a la política en general, en algo absolutamente irrelevante. Para hacer lo que es necesario hacer no hacen falta ni políticos ni política, sólo buena gestión. Lo que aún no se muestra con claridad es el siguiente paso lógico: si la política no es necesaria, tampoco lo es la democracia.

 La muerte de las ideas políticas lleva en sí el germen de la muerte de la democracia. Hace poco, una encuesta del CIS reveló que el 63% de los ciudadanos preferiría un gobierno de expertos sin filiación política. Semejante dato no causó el terror que cabría esperar. Piensenlo bien: ¡una gran mayoría social preferiría una dictadura tecnocrática a una democracia! Es un pensamiento que debería quitar el sueño a los demócratas pero no es más que la consecuencia lógica de la muerte de las ideologías. Si los valores políticos ya no importan, si lo único que importa es que los gobernantes sean buenos gestores y hagan las cosas “como Dios manda”, ¿por qué dejar el gobierno en manos de los políticos? ¿No sería más razonable que gobernasen los expertos? ¿No sería mejor que tomasen las riendas aquellas personas que no se dejan llevar por valores políticos sino que se conducen exclusivamente por un saber técnico? Un saber que se presenta como no siendo ni de izquierdas ni de derechas, sino todo lo contrario.

¿Por qué esa búsqueda tan desesperada de la posición neutra políticamente? En anteriores entregas de esta serie de garabatos manejábamos la noción marxista de ideología como sistema de creencias encubridoras de la opresión. Decíamos que la opresión necesita ocultarse, presentarse como una situación natural, para poder sobrevivir. Es por ello por lo que la doctrina neoliberal intenta ocultar su naturaleza política. Para poder prosperar necesita presentarse como una posición neutra que trasciende las viejas ideas políticas. De lo contrario, las políticas que están al servicio de la élite empresarial y financiera jamás podrían imponerse en regímenes democráticos. La clase minoritaria sólo puede ganar la lucha de clases ocultando que tal lucha existe. Los intereses de esta minoría sólo pueden obtener el respaldo de amplias mayorías en las urnas si consiguen presentarse como si fuesen los intereses de la sociedad en su conjunto. Las políticas de la austeridad sólo son asumibles socialmente si se presentan como medidas técnicas, apolíticas e inevitables. Los think tank y los medios de comunicación a su servicio ganan la batalla cuando consiguen vestir los intereses de la clase dominante con el disfraz de lo inevitable y denunciar cualquier alternativa como política o ideológica. Los gestores de la necesidad tienen muy clara su estrategia: ellos no hacen política, aplican el sentido común. Sin embargo, los que se oponen a su gestión son acusados de estar motivados por ideologías políticas.

La estrategia de denunciar la oposición como política a veces es llevada al paroxismo. Un ejemplo de ello es lo que está ocurriendo con las huelgas. En los últimos tiempos, cuando se convoca una huelga, la prensa de derechas, la CEOE e incluso algún ministro, se apresuran a calificarla de “huelga política”. El problema es que no se trata de la mera expresión de una obviedad, pues la huelgas son políticas por definición, sino de un intento de descalificar y desactivar la huelga.  El adjetivo ‘político’ utilizado en sentido peyorativo por el señor Wert nos pone ante un extraño escenario en el que los mismos políticos descalifican la palabra ‘política’ y la pronuncian como si estuviesen mascando mierda. No sólo no se preocupan del creciente desprestigio social de la política sino que les interesa fomentarlo. Cuanto más degradada esté la política en el imaginario popular, más fácil será pasar el rodillo tecnocrático al servicio de la doctrina neoliberal. La genuina discusión política entre valores e ideas es la principal enemiga de la tecnocracia. Allá donde hay verdadero debate entre valores e ideas políticas, siempre se dejan entrever distintas alternativas. Justo lo contrario del discurso político de extremo centro que presenta sus medidas como dolorosas pero necesarias e inevitables. Allá donde se da la verdadera confrontación política, siempre aparece como trasfondo la lucha de clases. Justo lo que intenta evitar el discurso neoliberal al procurar que confundamos los intereses de la élite financiera y empresarial con los intereses de la sociedad en su conjunto. Del mismo modo que, como veíamos en anteriores garabatos, el neoliberalismo necesitaba degradar la imagen de los impuestos y de los servicios públicos como mecanismos redistributivos y de justicia social, también necesita deteriorar la imagen de la política como búsqueda de la mejor forma de organizar la convivencia social. El debate político es peligroso porque si se intensifica puede acabar despertando a la sociedad del plácido sueño de la gestión de lo inevitable. Por ello, es preferible que el pueblo asocie la política con un turbio escenario de corrupción y luchas de poder.

 Como suele ocurrir, los principales valedores de las ideologías legitimadoras de la opresión son los mismos oprimidos: “todos los políticos son iguales”, “yo no soy ni de izquierdas ni de derechas”, “son todos unos ladrones”, “si yo estuviese en su lugar también echaría mano a la saca”, “¿cuándo han hecho los políticos algo por mí?”, etc. Un pueblo hastiado de la política en general deja el camino despejado a los gestores de la necesidad y a la muerte de la democracia por inanición. Debemos invertir la situación. Ante el desprestigio de la política lo que hace falta es más política. Ante el déficit democrático de nuestras instituciones lo que hace falta es más democracia.

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La ideología neoliberal en nuestras vidas III: los funcionarios son unos vagos

Tercera parte: Los funcionarios son unos vagos

Hace un tiempo, hablando de la noción marxista de ideología, comentábamos que éstas se articulan a partir de una serie de creencias que empapan la conciencia colectiva. Veíamos que se revisten de un carácter tan indudable que su mera entonación basta para provocar asentimientos y complicidad ante cualquier audiencia. Sin embargo, también veíamos que su función no consiste únicamente en servir de tópicos que amenicen las reuniones sociales, sino que responde a una finalidad más siniestra. La utilidad social de las ideologías no es otra que la de mantener el orden social a costa de convencer al oprimido de que su opresión está justificada. De entre las distintas creencias del dogma neoliberal no existe ninguna tan arraigada en nuestra sociedad como la de que los funcionarios son unos parásitos vagos e improductivos. Los padres enseñan a sus hijos que, si son listos, lo que tienen que hacer es sacarse unas oposiciones y, después, tocarse los cojones durante el resto de su vida. La lección cala y muchos estudiantes de bachillerato declaran al principio de curso que su meta es la de llegar a ser funcionarios. No importa de qué. La vocación no está presente en ese deseo. Lo único importante es llegar a serlo. En el bestiario neoliberal, un funcionario es un ser indolente, desmotivado y poco interesado en hacer su trabajo. Dice la leyenda que es una criatura capaz de tirarse horas bebiendo café y comiendo tostadas. Una bestia lenta y perezosa, incapaz de adaptarse a situaciones nuevas y que, según dicen, nunca ha manifestado el menor interés por adquirir nuevos conocimientos. El funcionario es percibido como miembro de una casta de privilegiados entre cuyas prebendas podemos encontrar las de tener un trabajo asegurado de por vida, no tener que hacer la pelota a jefes mezquinos, poder participar en huelgas sin miedo a ser despedido y no sentirse nunca coaccionado para realizar horas extra. La percepción pública de estos privilegios dignos de reyes y aristócratas se ve agravada cuando viene acompañada de la idea de que el funcionario es un parásito. El asalariado de la empresa privada no sólo se siente ofendido por la existencia de condiciones laborales mejores que la suya. Lo que realmente espolea su aversión hacia el funcionariado es que esos privilegios se paguen a costa de sus impuestos. El funcionario, ese parásito privilegiado.

Sin duda la cuestión que más agravia a la conciencia colectiva es la del empleo fijo. El funcionario, al no estar sujeto a los vaivenes y ciclos de la economía, aparece en la imaginación colectiva como un ser dotado de una invulnerabilidad casi sobrenatural. Como si hubiesen sido investidos funcionarios desde la cima del monte Sinaí, es habitual escuchar cosas tales como que “los funcionarios pueden hacer lo que les dé la gana porque no se les puede despedir” o, admitiendo alguna excepción, que “a un funcionario sólo lo despiden si mata”. Sin embargo, entre las causas por las que se puede revocar el nombramiento de un funcionario hay faltas mucho más leves que el asesinato como son el incumplimiento de las funciones inherentes al puesto de trabajo, el uso de la condición de empleado público para obtener un beneficio indebido, la negativa a cumplir las órdenes de un superior, el incumplimiento de la jornada de trabajo o el incumplimiento de los servicios mínimos en caso de huelga. Además, sólo los funcionarios de carrera, que constituyen un 60% del total de empleados públicos, poseen una plaza en propiedad. Un 27% de los trabajadores públicos son personal laboral que es contratado y goza de un regimen laboral muy parecido al que se tiene en las empresas privadas. El 13% restante está constituido por funcionarios interinos cuyo nivel de precariedad es aterrador incluso comparándolo con los oscuros tiempos de inestabilidad laboral en que vivimos. (FUENTE de las cifras: ABC, 18 de Octubre de 2010). Como ven, trabajar para el Estado no es garantía de empleo a perpetuidad. Los funcionarios de carrera pueden ser despedidos (técnicamente no son despedidos porque no han sido contratados, lo que ocurre es que se revoca su nombramiento) si no cumplen con su trabajo. El personal laboral puede ser despedido por las mismas causas y en las mismas condiciones que cualquier trabajador contratado. Y, en fin, a los interinos tan siquiera es necesario despedirlos ni pagarle indemnización. Basta con que ocurra algo tan vago e impreciso como que “cesen las circunstancias que han provocado su nombramiento”. Y, si no, que se lo digan a los miles de profesores que, en los dos últimos años, se han quedado sin trabajo en Madrid.

Es cierto que, en los tiempos que corren, el hecho de no poder ser despedido por causas económicas da a los funcionarios una seguridad y una estabilidad que son francamente envidiables. Sin embargo, magnificar esta estabilidad convirtiéndola en invulnerabilidad, y darle el tratamiento de privilegio, no es más que un mecanismo ideológico que busca desdibujar los límites de lo tolerable en materia de estabilidad laboral. El avance de las políticas neoliberales presiona siempre en la dirección que lleva hacia un mercado de trabajo más flexible que, en términos prácticos, sólo significa mayor precariedad para los asalariados. Dar a la estabilidad laboral del funcionario la categoría de privilegio significa situar la precariedad laboral en el plano de la normalidad. La posibilidad de ser despedido a capricho se convierte en algo natural y el funcionario en una desviación intolerable de la normalidad. He aquí la ideología neoliberal funcionando y bien engrasada: provocar la indignación del trabajador precario ante los “privilegios” de los funcionarios para hacerle olvidar que su lamentable situación laboral es digna de una revolución en toda regla. Pero en este caso la ideología no sólo desfigura la realidad de un modo delirante sino que permite a la conciencia alienada un espacio de fuga para la frustración provocada por los efectos de su opresión. El oprimido, merced a la ideología imperante, no se siente como tal. Sin embargo, los efectos de la progresiva precarización laboral no dejan de sentirse en su vida en forma de malestar e inseguridad. El problema con el que se encuentra la conciencia alienada es que no puede remitir ese malestar a las causas que lo provocan. No puede culpar de sus males a una estructura social injusta porque se le ha inoculado la idea de que las cosas son como tienen que ser. Oye que los empresarios no contratan porque luego no pueden despedir. Desde los medios de comunicación, todas las voces autorizadas no cesan de repetir que la única forma de dinamizar la economía y salir de la crisis es flexibilizar el mercado laboral.  Así, convencido de que su opresión es justa y necesaria, no puede canalizar su frustración hacia la lucha por una mayor justicia social. ¿Cómo puede darle salida? Una forma de hacerlo es culpabilizarse a sí mismo de su propia desgracia. Al no poder dirigir su malestar hacia las causas reales que lo provocan siente que si se hubiese formado mejor o trabajase más duro, no se vería en una situación tan precaria. El asalariado queda así incapacitado para cualquier acción revolucionaria: las cosas son como tienen que ser y él es el único culpable de su desgracia. Encima de cornudo, apaleado.

Sin embargo, existe otro mecanismo para canalizar esa frustración consistente en convertirla en hostilidad hacia los otros. Esos otros no son el jefe explotador, ni la miserable patronal que presiona para conseguir el despido libre ni, mucho menos, los sucesivos gobiernos complacientes con las necesidades de las grandes empresas y sordos ante el padecimiento de la clase trabajadora. Está claro, los empresarios no contratan por miedo a no poder despedir y la única forma de crear empleo y salir de la crisis es flexibilizando el mercado laboral. Y, mientras la inevitable fatalidad del capitalismo nos lleva de vuelta al siglo XIX, existe una casta de parásitos privilegiados que vive de nuestros impuestos. Hacia ellos es hacia quienes hay que dirigir el malestar social. Con esto la ideología neoliberal ha conseguido eliminar la lucha de clases. El proletariado ya no siente hostilidad hacia el verdadero parásito que vive a costa de explotar a sus asalariados, sino hacia los asalariados que trabajan para el Estado. La clase capitalista ha conseguido presentarse como la víctima de un mercado laboral demasiado rígido y la clase trabajadora se encuentra dividida. Los empleados públicos se encuentran con que su capacidad de movilización ha sido neutralizada por una sociedad que ha sido convencida de que la estabilidad laboral es un privilegio injusto y que la norma debe ser la precariedad. Incluso cuando sus protestas se dirigen a los recortes al Estado de bienestar, se les tacha de insolidarios. ¿Cómo se atreven a quejarse con cuatro millones de parados? Esta ya es la última vuelta de tuerca de la ideología neoliberal: tener trabajo también es un privilegio.

La capacidad de las ideologías para retorcer y desdibujar la realidad es asombrosa. Hablemos claro. La estabilidad y la seguridad laborales no sólo no son un privilegio, sino que son un elemento indispensable del derecho constitucional a un trabajo digno. No hay ninguna dignidad en trabajar atenazado por la posibilidad del despido. El miedo y la incertidumbre nunca pueden proporcionar un ambiente digno de trabajo: miedo a participar en actividades sindicales, miedo a no caerle en gracia al capataz, miedo a que alguien piense que no me esfuerzo lo suficiente, miedo a que piensen que no soy lo suficientemente entusiasta cuando me “ofrecen” la posibilidad de echar horas extras, miedo a que baje el margen de beneficio de la empresa… No son condiciones dignas de trabajo. El actual mercado laboral, que algunos tachan de excesivamente rígido, hace que el artículo 35 de la Constitución se convierta en una broma. La temporalidad de los contratos y las facilidades para despedir y plantear EREs, dejan al trabajador indefenso ante fuerzas que no puede controlar. Da lo mismo que éste sea entregado, cumplidor y productivo. La amenaza del despido sigue sobrevolando sobre su vida. El miedo y la incertidumbre constituyen un formidable instrumento de opresión en manos de la clase capitalista, pero cuando se asume como una ley natural e inevitable, se torna en una patología alienante que convierte a los trabajadores en seres indolentes y desmovilizados. ¿Acaso no existen razones más que suficientes para que los trabajadores estuviésemos en pie de guerra? En el mejor de los casos, la indemnización por un despido improcedente es ridícula y siempre es la víctima del despido la que debe demostrar su improcedencia. Desde la penúltima reforma laboral la “disminución persistente del nivel de ingresos” se convierte en causa objetiva de despido. Lo que, hablando en plata, quiere decir que las empresas pueden, con un bajo coste, despedir trabajadores aun obteniendo suculentas ganancias. Por otro lado, las modalidades de contrato temporal proliferan como los níscalos en otoño y, gracias a la última reforma laboral, se pueden encadenar sin restricción alguna y sin que sea necesario hacer fijo al trabajador. Ante esto uno sólo puede preguntarse ¿dónde están las barricadas? En ningún lugar. Han conseguido convencernos de que recortar derechos laborales es bueno para los trabajadores porque dinamiza el empleo. Los sufridos empresarios no se atreven a contratar porque despedir sale caro.

Está claro que la estabilidad laboral no debe ser un privilegio sino un derecho al que debemos aspirar tanto en la iniciativa privada como en la pública. Existen razones de carácter ético basadas en la dignidad de las personas y en el hecho de que nuestro medio de vida es una parte fundamental de nuestra existencia. Existen también razones políticas basadas en la idea de que cualquier Estado debe anteponer el bienestar de los ciudadanos a las necesidades de la oligarquía financiera y empresarial. En general, despedir debería resultar bastante más costosos de lo que es. Pero además hay razones adicionales para la estabilidad del funcionariado. El empleado público, por su propia naturaleza, trabaja para el Estado y no para el gobierno de turno. Su puesto de trabajo no puede nunca estar supeditado a quien esté en el poder, so pena de convertirnos en una república bananera. La mejor forma de separar el poder político del servicio prestado por el funcionario es garantizando que su puesto de trabajo sea estable y estableciendo un sistema de acceso estrictamente meritocrático. Por otra parte, los servicios básicos que proporciona el Estado no deberían estar sujetos a los ciclos de crecimiento económico. Si parece razonable que un empresario pueda despedir a sus empleados cuando baje su volumen de negocio y comience a tener pérdidas no coyunturales, no es en absoluto razonable que el Estado deje de prestar un servicio básico cuando la economía no vaya bien. La mayoría de los funcionarios trabajan en servicios fundamentales del Estado de bienestar como la sanidad y la educación. El despido por causas económicas no puede darse en los empleados públicos porque el servicio que prestan es independiente de las crisis cíclicas del capitalismo. Pero ¿y si la demanda de esos servicios disminuyese? ¿Deberíamos seguir pagando los sueldos de trabajadores cuyo trabajo no es necesario y que no pueden ser despedidos por razones económicas? Pongamos por caso que hubiese un descenso en picado de la natalidad. ¿Qué hacer con los funcionarios docentes que sobrarían? Tranquilos, el Estado, que es astuto, lo tiene todo previsto. Los servicios públicos operan siempre al borde del colapso. Aun en tiempos de bonanza económica, los centros educativos y los hospitales están desbordados. Con lo que una disminución de la demanda del servicio sólo redundaría en una mejora de la calidad del mismo. Si, aun así, siguiesen sobrando trabajadores, para eso están los interinos. Ese 14% de empleados a los que se puede poner en la calle sin ninguna indemnización y sin ningún coste para el Estado. Nunca me había dado cuenta hasta ahora, pero los interinos somos el parachoques del Estado.

Sin embargo, la principal razón que se arguye en contra de la estabilidad laboral de los funcionarios, es que ésta es la causa de que tengamos un funcionariado vago e improductivo. Parece ser que la única forma de que un trabajador sea productivo es el miedo al despido. Curiosamente, los adalides del neoliberalismo defienden, en el ámbito de las libertades públicas, una sociedad sin miedo a las injerencias del Estado y piensan, con razón, que cuando el miedo invade la vida pública, el totalitarismo está llamando a nuestra puerta. Sin embargo, en el ámbito laboral todo cambia y sostienen que el miedo no sólo no es algo negativo, sino que es necesario como elemento motivador del trabajador. Es típico del neoliberalismo defender a ultranza las libertades y derechos civiles al tiempo que se pisotean los derechos laborales. Es como si en la calle fuésemos ciudadanos y en el trabajo esclavos. Pero al margen de esta disociación esquizoide entre vida pública y vida laboral, tendríamos que plantearnos si el miedo es la mejor forma de motivar al trabajador. Como herramienta es bastante limitada. Sólo es efectivo en los momentos en los que el trabajador puede ser o sentirse vigilado. En la mayoría de los puestos de trabajo siempre hay espacios y tiempos de opacidad y poca visibilidad. A menos que, como surgiendo de una pesadilla orwelliana, convirtamos las empresas en panópticos, el asalariado poco motivado siempre encontrará la manera más eficiente de tocarse los huevos. Es necesario algún otro mecanismo para motivar a los trabajadores comprometiéndolos de algún modo con su trabajo. Yo no tengo experiencia en otras áreas de la función pública distintas de la educación. Pero sí puedo decir que, en todas partes, he encontrado muchos profesores que adquieren un compromiso ético muy fuerte con el aprendizaje de sus alumnos. Tal y como están estructuradas las empresas hoy día, es muy difícil generar en el trabajador un grado de compromiso semejante. A menos, claro está, que éste sea japonés. Esto es sólo una reflexión para desvincular los conceptos de miedo y productividad pero es que, además, no es cierto que el funcionario pueda vivir del cuento una vez aprobadas las oposiciones. El estatuto del empleado público deja bastante claro que si alguien no cumple con su trabajo, se va a la calle. ¿Dónde está entonces el problema? Creo que éste se encuentra en el trato diferenciado que dan los ciudadanos a su relación con la administración con respecto al que dan a las empresas en su relación como clientes.

Cuando un cliente recibe un trato poco satisfactorio por parte de un empleado suele pedir el libro de reclamaciones, hablar con el encargado, con el jefe y con quien haga falta. En este caso el malestar se canaliza por los canales adecuados. En cambio, si estamos descontentos con el trato que nos proporciona un funcionario, hay algo que cambia. La respuesta habitual suele consistir en soltar algún exabrupto y dedicar el resto del día a quejarnos de los funcionarios en general. Echamos la culpa del mal trato recibido al hecho de que quien nos ha atendido es un funcionario. Es como si un fontanero nos dejase la cocina hecha un Cristo y, en vez de quejarnos a la empresa de reparaciones que hemos contratado, nos limitásemos a decirle a todo el mundo que los fontaneros son unos vagos. Es cierto que los canales para elevar una queja por la deficiente prestación de un servicio público suelen ser poco visibles, pero existen y están a disposición de todo el mundo. El caso es que no creo que la causa de que seamos tan permisivos con la administración, se deba a la falta de transparencia que, como heredera del aparato burocrático del franquismo, padece. Una vez más, debemos buscar las causas en nuestra interiorización de la ideología neoliberal. Ésta, cuando no aboga directamente por la desaparición de todos los servicios públicos, concibe su prestación como un acto de caridad estatal. Aquí entra en juego la diferencia entre la concepción del Estado como un Estado de bienestar o como un Estado asistencial. En el primer caso, los servicios públicos básicos son conceptualizados como derechos sociales que el Estado tiene la obligación de proporcionar con cierto grado de calidad. En el segundo, se conciben como una ayuda para aquellos que no pueden pagar una sanidad o una educación de calidad. En este caso uno no tendría derecho a quejarse porque la caridad siempre debe agradecerse. El neoliberalismo gana la batalla cuando los ciudadanos que siempre están dispuestos a exigir a la empresa privada un trato de calidad, comienzan a asumir que lo natural es que la administración nos proporcione un trato deficiente. Cuando pierda una prestación social porque el funcionario de ventanilla es incapaz de explicarle cómo se debe rellenar el impreso 347C, no se queje con sus vecinos de que todos los funcionarios son unos vagos. Cuando su hijo no aprenda geografía, no se limite a ir diciendo por ahí que los maestros no hacen su trabajo y que, además, tienen demasiadas vacaciones. Cuando su médico llegue dos horas tarde a la consulta y luego le despache en cinco minutos, dejándole con la sensación de no haber solucionado nada, no se limite a hacer notar en sus reuniones familiares que los médicos viven muy bien. Quéjese ante la autoridad competente o, de lo contrario, estará renunciando a sus derechos y contribuyendo al deterioro de los servicios públicos.

Convencer a los ciudadanos de que los funcionarios son unos vagos y de que los servicios públicos son ineficientes, no es algo desinteresado. El neoliberal necesita con desesperación deteriorar la imagen de los empleados públicos porque, en su fuero interno, sabe que la empresa privada nunca podrá competir con los Estados en el ámbito de los servicios básicos. Una sanidad cuyo fin último es la obtención de beneficios, nunca podrá competir con una sanidad cuyo fin último es garantizar el derecho a la salud. Lo mismo ocurre con la educación. El dogma neoliberal de que la búsqueda del beneficio económico basta por sí sola para proporcionar un producto de calidad, choca con la evidencia cuando se aplica al ámbito de los servicios esenciales. La obtención de beneficios es incompatible con los derechos a la sanidad, a la educación y a las prestaciones sociales.

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‘La ideología neoliberal en nuestras vidas III: los funcionarios son unos vagos’ de Jorge A. Castillo Alonso en garabatosalmargen.wordpress.com está bajo licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported License.

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