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El poder desnudo

Desde hace unos años, mire donde mire, sólo veo al poder desnudo. Se trata de una desnudez insoportable, irritante, asfixiante, indignante, insana… El poder desnudo, sin el ropaje de las representaciones legitimatorias, resulta invivible. No puedo escuchar noticias o leer un periódico sin detectar, a cada momento, cómo el poder político es sólo una marioneta del poder económico. No puedo escuchar un discurso político sobre el interés general sin preguntarme por los intereses particulares que lo animan. No puedo ver una obra pública  sin preguntarme por su sentido y responderme interiormente que éste reside en el bolsillo de algún cuñado. Así pasan los días, oscilando entre el cinismo y la indignación. A veces me digo que exagero, que esto no es sano, que lo mío se acerca demasiado a la conspiranoia, pero los hechos se esmeran en lanzarme de nuevo a la certeza de que el sistema está roto. El sistema de legitimación se ha roto de un modo tal que no se puede volver a recomponer. Esta ruptura no brota de un fino análisis marxista que muestre cómo nuestras instituciones y construcciones ideológicas dependen del modo de producción capitalista. En realidad, no brota de ninguna concepción teórica que pretenda ser una alternativa al discurso hegemónico sobre la legitimidad. Se trata más bien de algo absolutamente manifiesto que está ocurriendo ante los ojos de todos. Ante nuestros ojos, y bajo los mismos parámetros del discurso liberal-contractualista en el que se basa la legitimidad de nuestras instituciones, se ha roto la capacidad misma del sistema para presentarse como legítimo.

La convivencia de toda sociedad se basa en un sistema de representación acerca de cómo deben ser las cosas.  En él se encuentran los valores últimos a los que debe aspirar nuestra sociedad como la libertad, la igualdad y la solidaridad, los principios básicos de nuestra sistema político como la soberanía popular, la separación de poderes o el imperio de la ley, y también ideas acerca del papel y la función que deben tener nuestras principales instituciones. Estos ideales son los que dan apariencia de legitimidad al Estado. Los ciudadanos sienten que éste es legítimo cuando se identifican con la mayoría de esos valores y principios, y cuando la distancia entre éstos y la realidad no es demasiado amplia. Esta claro que estas ideas y principios nunca se realizan completamente. Los ideales, por su propia naturaleza, nunca se encarnan en la historia. Sin embargo, el poder podrá aparecer como legitimado mientras la distancia entre esos ideales y la realidad no sea demasiado amplia. Siempre que esas divergencias se puedan conceptualizar como anomalías indeseables, conservaremos la confianza en el sistema. Que un juez se deje influir por el poder político, no basta para perder la confianza en la independencia del poder judicial. Que un político favorezca indebidamente a alguna empresa en un concurso público, no basta para perder la confianza en la idea de que la política está al servicio del interés general. Sin embargo, cuando esas anomalías se hacen demasiado manifiestas y recurrentes, nuestra mirada cambia y ya sólo podremos ver al poder desnudo, despojado de cualquier apariencia de legitimidad.

Todo comenzó con la ruptura que empezó a operarse, al inicio de la crisis, entre los poderes públicos y la soberanía popular: la reforma de las pensiones, la penúltima reforma laboral, la vergonzosa reforma de la Constitución, los recortes en sanidad y educación, la última reforma laboral, el rescate financiero, etc. Nadie les votó para que hicieran estas cosas. Ellos mismos lo saben y, a su modo, lo reconocen. Los unos, insinuando con la boca pequeña que se equivocaron, los otros, diciendo que las circunstancias son tan apabullantes que se ven obligados a hacer cosas que no quieren hacer. Los mismos gobernantes reconocen que han roto con el mandato de las urnas. Con ello se rompe con algo mucho más profundo, se rompe con la idea de que los gobernantes son los representantes de la soberanía popular. Aquello que da legitimidad al sistema queda hecho añicos. Antes de la ruptura, podía pensarse que el sistema era imperfecto y que cabían muchas reformas para conseguir que nuestra democracia fuese una expresión más directa de la soberanía popular. Sin embargo, el núcleo duro de nuestra democracia permanecía intacto. El poder podía presentarse como representante más o menos fiel de la soberanía popular, podía mostrarse a sí mismo como legítimo. Roto esto, una vez que se ha visto que el poder político puede independizarse de la voluntad popular sin que pase nada, ya sólo podremos ver al poder desnudo.

La incapacidad del poder para mostrarse como legítimo ha ido creciendo a través de múltiples episodios y cada cuál podrá contar su historia acerca de cómo empezó a ver al poder desnudo. Yo les voy a contar, desde mi experiencia personal, cuál fue el momento en el que me dí cuenta de que había llegado al punto de no retorno, de que, a menos que reseteasemos el sistema, toda apariencia de legitimidad había quedado disuelta para siempre. Habíamos llegado a casa después de participar en los piquetes ciudadanos de la huelga general del 14 de noviembre de 2012. Habíamos presenciado de cerca la absurda y desmedida violencia policial y, al llegar a casa, nos enteramos de que las cosas se habían puesto mucho más feas después de irnos nosotros. Estábamos fumando y le dije a mi pareja: ‘un día nos va a tocar a nosotros’. Me salió con la misma naturalidad con la que alguien dice que lloverá mañana. Había asumido que, en alguna manifestación o concentración, íbamos a ser golpeados por la policía. No parece gran cosa. Seguro que si es usted un asiduo manifestante, alguna vez se le habrá pasado por la cabeza que las probabilidades de recibir algún porrazo están aumentando considerablemente. Sin embargo, el hecho de que manifestantes pacíficos consideremos con naturalidad que es muy probable que algún día nos arree algún zopenco de azul, representa ya una ruptura total con el poder institucional. Otra vez más, es el sistema mismo, desde sus propios parámetros, el que ha perdido la capacidad de generar apariencia de legitimidad. En el imaginario liberal y contractualista, el Estado posee el monopolio legítimo de la violencia porque, en aras de posibilitar la convivencia, los ciudadanos han renunciado a su derecho natural a la autodefensa para que sea el Estado el que garantice su seguridad. Cuando las instituciones hacen posible que un ciudadano pacífico tema la violencia estatal, el sistema está tan roto que ya sólo veremos al poder desnudo. Ya no veremos a las fuerzas de seguridad del Estado como garantes de nuestra seguridad, sino como mamporreros al servicio del poder.

El poder desnudo no deja de aparecer para dar testimonio de la ruptura del sistema: indultos a torturadores, corrupción sistemática en el partido en el gobierno, criminalización de las protestas, cesión de soberanía a instituciones no democráticas, expolio a los ciudadanos para rescatar a la oligarquía financiera, etc. El sistema aparece roto, no sólo para los antisistema, para los que el sistema ya estaba viciado en su origen, sino también para los prosistema. La situación ha llegado a un punto en el que incluso un verdadero creyente en la democracia representativa, en el libre mercado y en la tradición liberal-contractualista de legitimación del poder, puede experimentar esa ruptura del sistema. El poder camina desnudo sin ningún pudor y hace que la realidad política se vuelva irrespirable para todos.

Una opción ante esta situación es la del cínico contemporáneo que sabe en su fuero interno que el poder está desnudo pero sigue viviendo como si no pasase nada, como si el poder estuviese engalanado con los ropajes de la legitimidad. El cínico no tiene  un momento de lucidez y luego olvida que el poder va desnudo pues, en tal caso, no sería cinismo, sino autoengaño. El cínico conserva en todo momento una visión lúcida sobre el poder pero opta por seguir adelante como si no pasase nada. En la actual situación de podredumbre sistémica, los que ostentan el poder sólo tienen dos opciones, ser cínicos o ser estúpidos. El cinismo también es una opción cómoda para los que pueden seguir llevando una placentera existencia material. Sin embargo, a los desposeídos, a los que hemos sido desahuciados de nuestro trabajo y nuestras vidas, sólo nos queda una opción, declararnos en rebeldía.

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‘El poder desnudo’ de Jorge A. Castillo Alonso en garabatosalmargen.wordpress.com está bajo licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported License.

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La ideología neoliberal en nuestras vidas IV: la política como gestión de la necesidad

Cuarta parte: La política como gestión de la necesidad

Cuando se acerca un cambio de ciclo político es habitual escuchar decir a la gente que si los de tal partido lo han hecho tan mal, es hora de votar a los otros a ver si lo hacen mejor. Desde que tengo conciencia de la alternancia de partidos en el poder ha sido así. Siempre hay un trasvase de votos entre partidos, no sabría decir si grande o pequeño, por parte de aquellos que consideran que el partido en el gobierno lo ha hecho muy mal y que sería buena cosa probar a votar a los otros. Parece algo normal y saludable. Algún entusiasta cursi incluso lo calificaría como el triunfo de la democracia. Sin embargo, no es así. Cuando la gente cambia su voto no rigiéndose por ideas políticas, sino por un ‘hacerlo mejor o peor’ absolutamente despolitizado, estamos presenciando otra cosa. Asistimos más bien al triunfo del objetivo neoliberal de dar muerte a la política, de matarla bien muerta.

Démosle algunas vueltas al asunto. Si alguien considera que el partido al que ha votado ha hecho las cosas mal y decide votar a otro partido, está suponiendo que lo que importa no son las ideas y valores políticos de los partidos, sino que sean buenos gestores. Entiende la política como gestión sin más y con ello implica que hay una buena manera de gestionar las cosas con independencia de las ideas políticas. Es la muerte de las ideologías y de la política. No porque mueran todas las ideologías, sino porque se impone una sola pero disfrazándose de no-ideología, de no-política. En esta situación, los partidos se lanzan a colonizar un centro inexistente desde el que presentarse a los electores como buenos gestores que ya han trascendido las viejas y caducas ideologías políticas. No hace mucho, un partido obtuvo mayoría absoluta haciendo una campaña electoral de extremo centro consistente en decir que harían lo que hubiese que hacer. El mensaje no era que harían políticas de izquierdas o de derechas, sino que harían lo que fuese necesario hacer.  Otro partido en alza intenta deslindarse en la medida de lo posible de cualquier posición ideológica y se presenta a los electores como un partido que hace  “propuestas sensatas” y presuntamente desideologizadas.

En política es imposible actuar sin partir de determinados valores o ideales. No puede existir nada parecido a una buena gestión neutra. Para que algo se pueda considerar como una buena gestión debe serlo con respecto a una determinada escala de valores. No hay políticas que sean buenas sin más. No es lo mismo una buena gestión al servicio de valores como la igualdad y la justicia social que una buena gestión al servicio de la flexibilidad laboral y la competencia. No es lo mismo una buena gestión al servicio de los intereses de la clase dominante que una buena gestión al servicio de las clases explotadas. Los que se pretenden situar en esa posición neutra y desideologizada, los que pretenden que gobiernan haciendo sólo lo que es necesario hacer, en realidad intentan esconder que tras sus medidas hay una ideología y unos intereses de clase muy determinados. Enmascaran su propia ideología disfrazándola de no-ideología, de necesidad histórica, y así es como se convierten en gestores de la necesidad. Los políticos convertidos en agentes del sentido común, de lo necesario, de lo sensato y del gobierno como Dios manda. Con ello se convierten a sí mismos, y a la política en general, en algo absolutamente irrelevante. Para hacer lo que es necesario hacer no hacen falta ni políticos ni política, sólo buena gestión. Lo que aún no se muestra con claridad es el siguiente paso lógico: si la política no es necesaria, tampoco lo es la democracia.

 La muerte de las ideas políticas lleva en sí el germen de la muerte de la democracia. Hace poco, una encuesta del CIS reveló que el 63% de los ciudadanos preferiría un gobierno de expertos sin filiación política. Semejante dato no causó el terror que cabría esperar. Piensenlo bien: ¡una gran mayoría social preferiría una dictadura tecnocrática a una democracia! Es un pensamiento que debería quitar el sueño a los demócratas pero no es más que la consecuencia lógica de la muerte de las ideologías. Si los valores políticos ya no importan, si lo único que importa es que los gobernantes sean buenos gestores y hagan las cosas “como Dios manda”, ¿por qué dejar el gobierno en manos de los políticos? ¿No sería más razonable que gobernasen los expertos? ¿No sería mejor que tomasen las riendas aquellas personas que no se dejan llevar por valores políticos sino que se conducen exclusivamente por un saber técnico? Un saber que se presenta como no siendo ni de izquierdas ni de derechas, sino todo lo contrario.

¿Por qué esa búsqueda tan desesperada de la posición neutra políticamente? En anteriores entregas de esta serie de garabatos manejábamos la noción marxista de ideología como sistema de creencias encubridoras de la opresión. Decíamos que la opresión necesita ocultarse, presentarse como una situación natural, para poder sobrevivir. Es por ello por lo que la doctrina neoliberal intenta ocultar su naturaleza política. Para poder prosperar necesita presentarse como una posición neutra que trasciende las viejas ideas políticas. De lo contrario, las políticas que están al servicio de la élite empresarial y financiera jamás podrían imponerse en regímenes democráticos. La clase minoritaria sólo puede ganar la lucha de clases ocultando que tal lucha existe. Los intereses de esta minoría sólo pueden obtener el respaldo de amplias mayorías en las urnas si consiguen presentarse como si fuesen los intereses de la sociedad en su conjunto. Las políticas de la austeridad sólo son asumibles socialmente si se presentan como medidas técnicas, apolíticas e inevitables. Los think tank y los medios de comunicación a su servicio ganan la batalla cuando consiguen vestir los intereses de la clase dominante con el disfraz de lo inevitable y denunciar cualquier alternativa como política o ideológica. Los gestores de la necesidad tienen muy clara su estrategia: ellos no hacen política, aplican el sentido común. Sin embargo, los que se oponen a su gestión son acusados de estar motivados por ideologías políticas.

La estrategia de denunciar la oposición como política a veces es llevada al paroxismo. Un ejemplo de ello es lo que está ocurriendo con las huelgas. En los últimos tiempos, cuando se convoca una huelga, la prensa de derechas, la CEOE e incluso algún ministro, se apresuran a calificarla de “huelga política”. El problema es que no se trata de la mera expresión de una obviedad, pues la huelgas son políticas por definición, sino de un intento de descalificar y desactivar la huelga.  El adjetivo ‘político’ utilizado en sentido peyorativo por el señor Wert nos pone ante un extraño escenario en el que los mismos políticos descalifican la palabra ‘política’ y la pronuncian como si estuviesen mascando mierda. No sólo no se preocupan del creciente desprestigio social de la política sino que les interesa fomentarlo. Cuanto más degradada esté la política en el imaginario popular, más fácil será pasar el rodillo tecnocrático al servicio de la doctrina neoliberal. La genuina discusión política entre valores e ideas es la principal enemiga de la tecnocracia. Allá donde hay verdadero debate entre valores e ideas políticas, siempre se dejan entrever distintas alternativas. Justo lo contrario del discurso político de extremo centro que presenta sus medidas como dolorosas pero necesarias e inevitables. Allá donde se da la verdadera confrontación política, siempre aparece como trasfondo la lucha de clases. Justo lo que intenta evitar el discurso neoliberal al procurar que confundamos los intereses de la élite financiera y empresarial con los intereses de la sociedad en su conjunto. Del mismo modo que, como veíamos en anteriores garabatos, el neoliberalismo necesitaba degradar la imagen de los impuestos y de los servicios públicos como mecanismos redistributivos y de justicia social, también necesita deteriorar la imagen de la política como búsqueda de la mejor forma de organizar la convivencia social. El debate político es peligroso porque si se intensifica puede acabar despertando a la sociedad del plácido sueño de la gestión de lo inevitable. Por ello, es preferible que el pueblo asocie la política con un turbio escenario de corrupción y luchas de poder.

 Como suele ocurrir, los principales valedores de las ideologías legitimadoras de la opresión son los mismos oprimidos: “todos los políticos son iguales”, “yo no soy ni de izquierdas ni de derechas”, “son todos unos ladrones”, “si yo estuviese en su lugar también echaría mano a la saca”, “¿cuándo han hecho los políticos algo por mí?”, etc. Un pueblo hastiado de la política en general deja el camino despejado a los gestores de la necesidad y a la muerte de la democracia por inanición. Debemos invertir la situación. Ante el desprestigio de la política lo que hace falta es más política. Ante el déficit democrático de nuestras instituciones lo que hace falta es más democracia.

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Lo llaman democracia y no lo es

Pepe es un ciudadano del Reino de Asegoría, un país sureño al que sus vecinos del norte no toman muy en serio. Nunca entendió cómo se puede ser ciudadano de un reino. Los reyes tienen súbditos, piensa Pepe, los ciudadanos viven en repúblicas. Cuando estaba en el instituto le preguntó a su profesor de Educación Política cómo era posible que los habitantes de una monarquía fuesen ciudadanos. El gris y siempre desconcertado profesor le había respondido que lo que caracteriza a un ciudadano es la posesión de determinados derechos que le permiten participar en la vida política de su país. Los habitantes del Reino de Asegoría pueden participar en elecciones libres y democráticas y, por tanto, son ciudadanos. Han pasado los años desde entonces, ha votado en un par de elecciones y sigue sin sentirse ciudadano. Ha empezado a sospechar que la denominación de ciudadano no tiene mucho que ver con el escaso margen de participación política al que puede aspirar sin meterse en un partido. Tal vez, piensa, lo único que nos diferencia de los súbditos de una monarquía es que tenemos un rey-campechano en vez de un rey-tirano.

Pepe tiene muchas ideas acerca de cómo deberían ser las cosas, de cómo habría que transformar el Reino de Asegoría para que se realizasen todos los ideales y valores democráticos que le habían enseñado en Educación Política. La soberanía popular, el imperio de la ley, la transparencia de los poderes públicos, la independencia de los medios de comunicación y la separación de poderes eran ideas que aparecían en su libro de texto. Su profesor había insistido en que esas cosas eran lo que nos diferenciaban de otros países no democráticos como las dictaduras y monarquías-no-campechanas. Pepe ha crecido, ha madurado y ha reflexionado sobre todas esas cosas. Con el tiempo ha descubierto por qué su profesor estaba siempre desconcertado. Debe ser difícil insistir en la importancia de unos valores democráticos que no se dan en la realidad y, al mismo tiempo, defender que esos ideales son los que hacen que el Reino sea una democracia. En fin, como decíamos, Pepe tiene muchas ideas políticas pero, de unos años a esta parte, no ha dejado de oír que su generación está despolitizada. Al principio no terminaba de entender qué querían decir quienes profieren tal afirmación. Reflexionando sobre ello ha descubierto que, en determinados contextos, el adjetivo ‘despolitizado’ no quiere decir ‘no tener ideas políticas’ sino ‘no pertenecer a ningún partido político’.

Pepe que, desde que descubrió la diferencia entre súbdito y ciudadano, siempre ha querido ser un ciudadano participativo, se acercó hace algunos años a la maquinaria de los partidos políticos. Si para poder participar en el juego democrático hay que pasar por un partido, no sería mala cosa probar a ver qué tal. Lo que vio le hizo salir corriendo. El hedor autoritario que se desprende de esas formaciones políticas poco tiene que ver con la democracia. No tardó en darse cuenta de que el único medio de acceso a la participación democrática en el Reino de Asegoría exige investirse de virtudes no democráticas. Para medrar en un partido es necesario dar su apoyo incondicional al mismo. Sólo a un súbdito se le puede exigir tal cosa, nunca a un ciudadano. Paradojas del Reino de Asegoría, los partidos políticos, el único trampolín hacía la participación real en los asuntos públicos, son totalmente antidemocráticos. Rendir pleitesía a personajes mezquinos que sólo quieren el poder y acatar sin discusión lo que diga la cúpula del partido no es algo que vaya con Pepe.

Aún así Pepe siempre ha cumplido con sus obligaciones civiles y ha depositado su voto para apoyar al partido que mejor se aviene con sus ideas. En el Reino de Asegoría dos partidos se alternan en el poder: El Partido Gaviota y el Partido Alcachofa y Puño. Pepe nunca les ha votado. Siempre ha simpatizado con partidos más pequeños. En las pocas elecciones en que ha participado se ha sentido como si arrojase su voto a una papelera en vez de a una urna. En Educación Política le habían enseñado cómo funciona eso de las circunscripciones electorales y el sistema de reparto de escaños ideado por un matemático decimonónico del país vecino. Habían hecho varios ejercicios de reparto de escaños en clase y se había familiarizado con el sistema electoral. Sin embargo le costaba entender por qué era necesario tanto jaleo para convertir los votos en representantes. Había planteado sus dudas en clase: ¿Por qué la circunscripción es la provincia y no la comunidad autónoma? ¿Por qué no hay una única circunscripción estatal? ¿Por qué los escaños no se reparten de modo proporcional a los votos? Sin duda a Pepe le inquietaba la injusticia de un sistema que perjudica a los partidos minoritarios. El profesor siempre le respondía que el sistema estaba diseñado para garantizar la gobernabilidad. ¿Pero por qué –preguntó Pepe en cierta ocasión– la gobernabilidad es más importante que la representatividad? Está pregunta, que desconcertó al profesor más de lo habitual, hizo que éste balbucease algo sobre sopas de letras que Pepe nunca llegó a comprender.

Pepe siempre ha compartido sus inquietudes políticas con su amigo Benito pero ambos se sintieron bichos raros durante mucho tiempo. Parecía que muy poca gente pensaba como ellos. En la televisión nunca nadie había manifestado ideas parecidas a las suyas. En las noches electorales, cuando los respetables contertulios comentaban los resultados, ninguno de ellos se escandalizaba de que un partido pudiese obtener mayoría absoluta con apenas el 40% de los votos. Ningún sistema político, piensa Pepe, debería permitir que fuese tan fácil para una formación política poder legislar de manera omnímoda durante cuatro años. Qué menos que exigir más del 50% de los votos para otorgar a alguien un poder semejante. Cuando esos mismos contertulios comentaban los datos de abstención repetían una y otra vez que los políticos deberían tomar nota y movilizar más a la ciudadanía. Ninguno de ellos planteaba ni de soslayo que, tal vez, la representatividad emanada de esas elecciones no era reflejo fiel de la realidad social. Cuando las noticias de corrupción política se sucedían en los medio de comunicación, los mismos contertulios hablaban de “códigos éticos” y falta de responsabilidad de los partidos políticos. Nunca nadie planteaba que lo que hacía falta era más transparencia en las cuentas públicas y mejores mecanismos de control de la acción política. En fin, Pepe pensaba que sólo una pequeñísima minoría de personas pensaban como él.

Sin embargo hubo un año en el que el que los gobernantes del Reino de Asegoría se olvidaron de que su papel era el de ser fieles representantes de la soberanía popular. Una tras otra aprobaron medidas que no emanaban de la voluntad del pueblo sino de oscuros intereses de unas abstractas entidades a las que los medios de comunicación llamaban mercados. No eran mercados concretos, no comerciaban con cosas reales sino con abstracciones económicas como la deuda o el riesgo. Pese a que el monarca seguía siendo campechano, nunca antes el pueblo se había sentido tan súbdito y tan poco ciudadano. Empezaron a proliferar ágoras en la red en las que la gente manifestaba su malestar por los estrechos márgenes que dejaba el sistema a la participación ciudadana. Pepe empezó a pensar que tal vez no estaba tan solo como creía. Era reconfortante encontrar a más gente que pensaba como él. Sin embargo cuando abandonaba el ciberespacio volvía a sentirse solo. En el rincón material del mundo en el que habitaba también existía malestar pero no con el sistema político sino con el partido en el gobierno. Pepe hervía de indignación al pensar que los insultos a la soberanía popular perpetrados por los gobernantes sólo tendrían como consecuencia un cambio de gobierno. Las alcachofas serían sustituidas por gaviotas y nada cambiaría. Pero un día comenzó a circular por la red una convocatoria para una manifestación de carne y hueso en la que se pediría más democracia y más ciudadanía.

Aunque Pepe pensaba que a la manifestación sólo irían cuatro bichos raros, no pudo dejar pasar la oportunidad de asistir. Necesitaba dar salida a su malestar. Para su sorpresa la asistencia fue multitudinaria. Fue una catarsis para Pepe y Benito ¡Había mucha gente que pensaba como ellos! Pronto se dieron cuenta de que la disidencia solitaria que les había emponzoñado la sangre podía convertirse en disidencia organizada y creadora. Esa noche muchos Pepes y muchos Benitos ocuparon las plazas coreando: ¡lo llaman democracia y no lo es! Todas las plazas del Reino vibraron durante semanas como una única voz exigiendo más democracia. Da igual que los medios de comunicación los hayan ninguneado, no es relevante que los políticos no hayan entendido nada y no importa que la “mayoría silenciosa” se conforme con gaviotas y alcachofas. Ha nacido un movimiento organizado para democratizar la democracia y da igual que se abandonen las plazas. Mientras Pepe siga sin sentirse ciudadano ya nunca dejará de cantar: ¡LO LLAMAN DEMOCRACIA Y NO LO ES!

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