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Del deseo de ser un perro

Aunque nunca lo hayan confesado es posible que alguna vez hayan sentido el deseo de ser un perro. No un perro de los que llevan una vida perra. Un perro feliz al que no le falta comida ni refugio. La felicidad de un perro puede llegar a ser envidiable. Cuando las obligaciones nos abruman, las convenciones sociales nos aplastan y las metas que nos hemos propuesto nos resultan demasiado elevadas, la sencilla existencia de un cánido puede resultar atractiva. En esos días en los que ser humano es demasiado complicado, observar la despreocupada y feliz existencia de un perro puede hacernos suspirar. Sin duda, el deseo de ser un perro no es un deseo serio. Nos puede asaltar de modo fugaz pero en seguida lo desechamos. ¿Por qué querría nadie renunciar a la posiblidad de disfrutar de la música de Bach o la prosa de Proust a cambio del gozoso placer de olisquear el culo a los propios congéneres? Sin embargo, la mirada de desconcierto e indiferencia de nuestras mascotas hacia nuestro ajetreo vital puede hacer que nos preguntemos si merece la pena el esfuerzo. ¿Acaso no seríamos más felices llevando la sencilla existencia de un perro? Es una pregunta inquietante pero necesita ser respondida porque si la respuesta fuese positiva, nuestra ajetreada vida humana dejaría de tener sentido.

Este deseo arraiga en el más hondo malestar hacia la propia cultura. Cuando nos  hartamos de ser humanos, en realidad nos cansamos del modo de ser humanos que nos ha tocado. Es nuestra propia cultura la que sentimos como asfixiante y entonces fantaseamos con un modo más natural de vivir. Valiente tontería. No existe ningún modo humano de vivir que sea más natural que otros. La naturaleza del mono humano es la cultura y no existe ninguna cultura que sea más natural que otras. De ahí surge el deseo de vivir no como un humano, sino como un perro. Éste vive en los márgenes de la cultura humana, se aprovecha  de ella, vive gracias a ella y, aún así, no ha sido mancillado por ella. Muestra la más completa indiferencia hacia nuestras convenciones. Lo mismo le da defecar en la puerta de una iglesia, en un monumento a la democracia o en la tumba de Jim Morrison. Nuestros símbolos sagrados no significan nada para él. Cuando deseamos ser perrunamente indiferentes a los valores de nuestra cultura es porque sentimos que ella es en gran medida la causante de nuestra infelicidad. Esa hostildad hacia la propia cultura tiene su origen en lo que Freud llamó el malestar en la cultura. Según él, toda cultura nos provoca un cierto malestar por el mero hecho de que reprime nuestros instintos. Toda cultura sería, por su misma naturaleza, causa de infelicidad. Sin embargo, no todas lo serían en el mismo grado. Freud constata que en su propia época el grado de hostilidad hacia la cultura era particularmente elevado. Cita como una de las causas de ello el contacto con otros pueblos primitivos y la percepción de que sus vidas son más sencillas y felices.  Lo más seguro es que esa percepción fuese errónea y que las tribus “vírgenes” del Amazonas que vemos en los documentales no sean más felices que nosotros. Incluso si realmente lo son, lo más probable es que no se deba a la sencillez de su existencia, sino al hecho de que viven en un entorno privilegiado, capaz de cubrir todas sus necesidades sin mucho esfuerzo. En cualquier caso, el deseo de vivir como el  “buen salvaje” es sólo una variación del deseo de ser un perro. Ambos son una manifestación del malestar en la cultura.

Este malestar es especialmente agudo en aquellos momentos de crisis en que los valores heredados se vuelven inadecuados para las nuevas circunstancias vitales. En los tiempos de Freud, los valores de la moral cristiana y su minusvaloración de lo terreno se habían vuelto ya disfuncionales para la nueva época que estaba emergiendo. Por ello, sus contemporáneos experimentaron su cultura como absurdamente represora. A lo largo de la historia los momentos de crisis de valores se repiten cíclicamente. Cuando hay un cambio significativo en el modo de vida de una sociedad, los antiguos valores se vuelven obsoletos y la cultura se experimenta como asfixiante. Es en esos momentos cuando el deseo de ser un perro se vuelve particularmente acuciante. No en vano, la escuela filosófica que más lejos ha llevado el deseo de vivir perrunamente surgió en un período de profunda crisis. Cuando Filipo y Alejandro dieron muerte a la estructura política de la ciudad-Estado, los valores éticos y cívicos de la polis perdieron todo su sentido. Es en ese momento en el que florecen unos peculiares individuos que fueron bautizados como filósofos kynicos, literalmente, filósofos perrunos o aperrados.

El primer filósofo al que la tradición se refiere de este modo es Diógenes, el perro. No se sabe a ciencia cierta cuál es el origen de este epíteto. Probablemente comenzaran a llamarle perro de modo despectivo y él, lejos de sentirse ofendido, encontró que tal calificativo describía adecuadamente sus aspiraciones vitales. Diógenes quería vivir como el animal que, para sus contemporáneos, simbolizaba la desvergüenza, la impudicia y la falta de sentido moral. El perro es totalmente indiferente a las convenciones humanas, y Diógenes hacía ostentación de esa indiferencia perruna hacia las cosas que la mayoría consideraba valiosas, respetables o sagradas. No es que careciese de sentido moral, pues su actitud crítica tenía una clara motivación ética, sino que empleaba la desvergüenza como medio para criticar unos valores culturales que consideraba equivocados. Su práctica vital indiferente y desvergonzada era un intento de ridiculizar todo aquello que su cultura consideraba serio y respetable. Su vivir perruno era un modo de denunciar los falsos valores de una sociedad que consideraba enferma. También era indiferente a los caminos que habitualmente transita la gente en su búsqueda de la felicidad. Despreciaba las riquezas, los honores y el poder porque el deseo de ellos nos esclaviza. Al igual que un perro, Diógenes no tiene ambiciones y vive su vida del modo más sencillo posible. Se dice que no tenía más pertenencias que un morral, un manto, una escudilla y un bastón. Practicando esa pobreza radical pretendía vivir en la más completa independencia de la cultura y aspiraba a vivir sin obedecer más ley que la de la naturaleza. No mostraba ningún pudor al satisfacer sus necesidades naturales en público o al masturbarse en el Ágora. Su modo de vivir era un constante desafío a las convenciones sociales. En esa actitud desafiante es donde encontramos la clave de la figura de Diógenes de Sinope. Si realmente su única aspiración hubiese sido la de vivir del modo más independiente y natural posible, habría vivido como un ermitaño. Sin embargo, eligió vivir como un perro, mendigando las sobras de la sociedad humana. En la elección de la vida perruna hay sobre todo una vocación crítica, un intento de mostrar lo vano y lo irrisorio que hay tras los valores establecidos. El filósofo-perro es sobre todo un crítico de la cultura que se ríe de la vanidad de las exigencias culturales, no con sesudos y profundos tratados de filosofía, sino ejemplificando un modo de vida más sencillo pero más pleno y auténtico que el de sus conciudadanos. Los cínicos constituyeron el primer movimiento contracultural y antisistema del que tenemos noticia. La radicalidad de su práctica vital sonrojaría al más feroz de los punkies o al más autárquico de los hippies.

Aunque no es lo mismo vivir como un filósofo-perro que desear fugazmente ser un perro, en ambos casos el punto de partida es el mismo, el malestar hacia la propia cultura.  Si alguna vez han fantaseado momentáneamente con ser un perro, ser un salvaje o quizás con ser Mowgli, posiblemente se deba a que hay algo en nuestro modelo civilizatorio que no les huele bien. Yo, personalmente, les confieso que el otro día sentí envidia de mi perra cuando la vi corretear despreocupadamente tras un pájaro al que era imposible que alcanzase. Como les decía más arriba, no es un deseo serio. Si realmente desease ser un perro, no encontraría motivación para garabatear en este blog. No, no es un deseo serio, apenas un pensamiento fugaz, pero es un síntoma de que algo no anda bien en nuestra cultura.

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‘Del deseo de ser un perro” de Jorge A. Castillo Alonso en garabatosalmargen.wordpress.com está bajo licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported License.

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