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La ideología neoliberal en nuestras vidas II: Los impuestos son malos

Segunda parte: Los impuestos son malos

Les voy a pedir queridos lectores que se formen una imagen mental. Imagínense a algún político, el que más les guste o disguste, en plena campaña electoral dirigiéndose a una multitud enfervorecida. Imaginen ahora que, mientras es vitoreado y aplaudido, proclama con entusiasmo: ‘¡Si gano las elecciones prometo subir los impuestos!’ Hay algo en esa imagen que nos desconcierta, una incongruencia fundamental entre lo que se dice y lo que se pretende. Ningún político que pretenda captar votos haría una promesa semejante. No porque se trate de una idea descabellada, si lo analizamos fríamente no hay nada intrínsecamente malo en el hecho de subir los impuestos, sino porque nos han condicionado para que asociemos los impuestos con algo dañino. El neoliberalismo necesita hacernos abominar de lo público y convencernos de que los impuestos constituyen un abuso intolerable por parte del Estado.

Cuando hablábamos de las ideologías decíamos que se presentan como verdades de sentido común. Decíamos que la ideología neoliberal está constituida por una serie de creencias que nos hacen ver con naturalidad la regresión de los derechos sociales que estamos viviendo. En la mayoría de los casos no se trata de creencias articuladas en un discurso complejo y coherente. Se presentan más bien como actitudes casi instintivas que arraigan más en lo emocional que en lo racional. De ahí la simplicidad casi infantil del título de este articulo: “Los impuestos son malos”. No nos referimos aquí a una posición razonada y , por tanto, respetable contra los impuestos, sino a una aversión irreflexiva en la que pagar impuestos se vive como un saqueo por parte del Estado. Cuántas veces no hemos oído decir ‘Hacienda me quita este año 500 euros’. Fíjense en el predicado, la declaración de la renta percibida como un robo. He ahí una ideología funcionando: mientras que cualquier carga impositiva se percibe como un expolio, los abusivos intereses que cobran los bancos por los créditos hipotecarios se ven como algo natural. Muchas personas han vendido su alma al capital y se han comprometido con hipotecas en las que el valor de los intereses es superior al valor de la propiedad adquirida. Sin embargo los impuestos son un robo y los intereses del usurero un mal necesario. Semejante dislate en la percepción de las injusticias sólo es posible en una conciencia alienada por la ideología neoliberal.

Esta aversión irreflexiva tiene su correlato estructurado y argumentado en el discurso político acerca de los impuestos. Existe un abrumador consenso político sobre el carácter negativo de los impuestos. Sería de esperar que los dos grandes partidos que continuamente se enfrentan en el Congreso de los Diputados tuviesen políticas impositivas sustancialmente diferentes. Al fin y al cabo uno se define como de “centro reformista” y el otro como “una organización política de clase trabajadora”. Es difícil saber si tales etiquetas significan algo pero, por lo menos, parecen sugerir que nos encontramos ante dos formaciones políticas con ideologías distintas. Si leer la autodefinición que figura en los vacuos estatutos de estos partidos no nos dice gran cosa, tal vez deberíamos echar un vistazo a su comportamiento en la arena política. Aquí sí. Aquí asistimos a una gran gigantomaquia repleta de aspavientos, sincera indignación, severos reproches y adustos semblantes. Debe tratarse, sin duda, de dos partidos irreconciliablemente distintos. Sin embargo parece que en cuestiones fiscales el desacuerdo desaparece. El PP lleva años pregonando las bondades de las bajadas de impuestos y de la austeridad presupuestaria y, allá por 2003, Zapatero nos decía que “bajar los impuestos es de izquierdas”. Habría que haberle replicado que lo que realmente es de izquierdas es no ser PSOEcialista.

Los grandes partidos nos repiten que los impuestos son malos para la economía. Nos dicen que si se rebaja la presión fiscal habrá más dinero en el bolsillo de la gente y esto estimulará el gran motor de la economía, el consumo. Jamás se nos explica qué bolsillos serán los que en realidad se llenarán y nadie se plantea si esa capacidad para consumir más repercutirá en una mejora de la calidad de vida. Se nos dice, además, que tampoco está bien cargar con impuestos a los más ricos porque las rentas del capital son las que generan empleo. Parece ser que los ricos son ricos en interés de los pobres y que gravar en exceso sus rentas nos perjudicará a todos. Los dos partidos que representan a la mayoría de los ciudadanos coinciden en algo: los impuestos son malos.

Esta es la doctrina política sobre los impuestos, lo que explícitamente se sostiene en el discurso político mayoritario. En la teoría marxista las ideologías son difundidas por la clase dominante para distorsionar la conciencia del oprimido. Sin embargo, el discurso oficial sobre los impuestos no basta para generar esa aversión hacia los impuestos de la que hablábamos al principio. Para fomentarla los gobiernos socioliberales y neoliberales utilizan estrategias políticas más sutiles y efectivas que la mera repetición, como si de un mantra se tratase, de la idea de que es necesario bajar los impuestos para dinamizar la economía. Veamos alguna de esas estrategias:

1. Despilfarrar y malversar el dinero público: Consiste en mostrar al ciudadano que sus impuestos se emplean en dietas desorbitadas para el disfrute de la clase política. Coches oficiales de lujo, cenas fastuosas en hoteles de cinco estrellas y viajes en primera clase constituyen el escaparate en el que los políticos se presentan ante la opinión pública. Se trata de minar la confianza de los ciudadanos en los impuestos a base de hacer un uso inmoral del dinero que proviene de los mismos. Nadie paga a gusto sus impuestos si piensa que su dinero va a convertirse en el botín de una panda de gañanes. No es casual que la corrupción no se persiga con la suficiente dureza. El avance de las políticas neoliberales se ve legitimada por la pérdida de la confianza en el Estado y en lo público.

2. No perseguir al tramposo: Consiste en mostrar que evadir y eludir el pago de impuestos es algo sencillo y generalizado. En España, la economía sumergida representa en torno a un 20% del PIB (FUENTE: Estudio paneuropeo sobre economía sumergida de Visaeurope). GESTHA, el sindicato de los técnicos del Ministerio de Hacienda, denunciaba en 2008 que el fraude fiscal podría reducirse en diez puntos si se les autorizase para controlar las declaraciones de la renta de las fortunas superiores a los diez millones de euros (FUENTE: El País, 20 de Febrero de 2008). Los datos son apabullantes, en este país no se persigue al que hace trampas en materia fiscal. Nadie paga a gusto sus impuestos si piensa que su vecino no los paga.

3. Eliminar la progresividad de los impuestos: Consiste en hacer recaer la mayor parte de la carga fiscal sobre la clase obrera al tiempo que se van recortando los impuestos que realmente gravan a las clases más altas. Se trata de ir sustituyendo los impuestos progresivos por los que son meramente proporcionales de tal modo que la carga impositiva caiga sobre las clases bajas. Por ejemplo, en 2008 se elimina el impuesto de patrimonio. Que se trataba de un impuesto progresivo lo dicen los datos: mientras que las rentas más bajas estaban exentas de su tributación, el 73,1% de lo recaudado provenía de los patrimonios superiores a 650.000 euros. (FUENTE: CC.OO). Tres años más tarde el mismo gobierno decide subir el IVA, un impuesto que es proporcional pero no es progresivo porque grava por igual el consumo de todos y hace recaer la presión fiscal sobre las rentas de la clase trabajadora. Fíjense, se trata del mismo gobierno que decía que bajar los impuestos es de izquierdas. A la luz de lo que han hecho en materia fiscal podemos conjeturar que lo que realmente querían decir es que bajar los impuestos a los más ricos es de izquierdas. Si unimos esto con el hecho de que las grandes fortunas disponen de más mecanismos para evadir y eludir impuestos que el resto de los mortales, nos encontramos con un panorama fiscal desolador. Nadie paga a gusto sus impuestos en un país en el que los ricos no pagan impuestos.

4. Ocultar la relación que guardan con la calidad de los servicios públicos: Muchas veces hemos escuchado hablar a políticos como si la inversión en determinado servicio público saliese de su bolsillo. No se trata de deslices inocentes sino de hacer olvidar a la ciudadanía que los servicios públicos se pagan con sus impuestos. Un caso especialmente burdo de esta forma de utilizar el lenguaje político lo podemos encontrar en las siguientes declaraciones del Excmo. Don Ramón Luis Valcárcel hablando de la necesidad del copago:

“Los servicios básicos, como son la educación y la sanidad, no pueden ser soportados por el presupuesto de una región ni por los presupuestos de una nación. Voy a decirlo a dos meses de las elecciones: es muy necesario plantear que los ciudadanos tengan que asumir también el coste de esos servicios, en el porcentaje que sea“.(FUENTE: ABC, 28 de marzo de 2011)

Aquí tenemos al presidente de una comunidad autónoma hablando como si no fuesen los ciudadanos quienes, a través de sus impuestos, pagan la sanidad y la educación. Si ocultamos la relación que existe entre impuestos y servicios públicos evitamos que, cuando el gobierno anuncie una nueva bajada de impuestos, la gente se pregunte cómo va a repercutir eso en sanidad, educación o prestaciones sociales.

Está claro, los partidos políticos mayoritarios se afanan en convencer a la gente de que los impuestos son malos. ¿Qué es lo que se esconde tras ese afán de desprestigiar y reducir los impuestos? Muy sencillo, reducir los impuestos es reducir lo público y allá donde el Estado mengua crecen las oportunidades de negocio para las grandes fortunas. Deteriorar la educación y la sanidad públicas siempre implica oportunidad de lucro para la iniciativa privada. Reducir las pensiones amplía el mercado de los fondos privados de pensiones. No lo olviden. Siempre que se bajan los impuestos se reduce el presupuesto del Estado y esto acaba repercutiendo de algún modo en los servicios públicos. Allá donde esto ocurre siempre hay alguien que se frota las manos.

Ninguna ideología debería hacernos olvidar las verdaderas funciones de los impuestos. Se trata del principal instrumento que tienen los Estados para redistribuir la riqueza y paliar las injusticias. Sin una política impositiva progresiva y redistribuidora es imposible garantizar la igualdad de oportunidades. Si el hijo del obrero no puede acceder a una educación de calidad jamás podrá competir con el hijo del banquero. Garantizar el acceso a los bienes primarios para todos es la única forma de asegurar que exista una igualdad real de oportunidades. Parece mentira que haya que recordar estas perogrulladas que aprendieron los países europeos hace ya tantos años. La ideología neoliberal está haciendo bien su trabajo y a veces se nos olvida lo esencial de los impuestos, a saber, que son un instrumento al servicio de la justicia social.

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‘La ideología neoliberal en nuestras vidas II: Los impuestos son malos” de Jorge A. Castillo Alonso en garabatosalmargen.wordpress.com está bajo licencia  Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported License.

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