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¿Laicidad y laicismo?

Resulta que, de un tiempo a esta parte, vengo escuchando que “una cosa es la laicidad y otra el laicismo”. La afirmación suele ir acompañada de un tono de autoridad moral muy similar al que ponía el maestro cuando nos decía que una cosa es la libertad y otra el libertinaje. Ya saben, ese tono de ‘no te confundas que te la cargas con todo el equipo’. El caso es que sospecho que, mientras que el maestro nos enseñaba una distinción valiosa, los otros nos meten en un embrollo jesuítico que sólo sirve para desorientarnos. Si siguiésemos las reglas semánticas por las que comúnmente añadimos el sufijo ‘-ismo’, el laicismo debería ser una doctrina o actitud favorable a la laicidad. Si acudimos a la RAE nos encontramos con que su diccionario no tiene entrada para ‘laicidad’ pero sí para ‘laico’ y ‘laicismo’. Siguiendo a los académicos, laico se define como “independiente de cualquier organización o confesión religiosa” y laicismo como “doctrina que defiende la independencia del hombre o de la sociedad, y más particularmente del Estado, respecto de cualquier organización o confesión religiosa”. Por ello no sería demasiado descabellado definir la laicidad como la cualidad que tiene algo de ser independiente de cualquier organización o confesión religiosa. En conclusión, decir que el laicismo persigue la laicidad no entrañaría ningún desorden semántico. Nada más sencillo.

Sin embargo algunos amantes de las sutilezas semánticas, a los que seguro que no podrán acusar de ateísmo, diferencian estos dos conceptos y, además, le dan una gran importancia a esa distinción. Para muestra, varios botones:

Una web de proselitismo católico:

“El laicismo es una teoría religioso-política que persigue eliminar a Dios de la sociedad, estableciendo un sistema ético ajeno a Dios. En su aspecto religioso es un ateísmo práctico que se impone a la sociedad con medidas políticas. […] La laicidad del Estado es distinta del laicismo. La laicidad propone que el Estado no debe estar ligado a una religión particular sino que debe respetar la libertad religiosa. Sostiene que debe haber una separación adecuada entre Iglesia y Estado y no perjudicar a los ciudadanos por motivos religiosos.” (FUENTE: www.ideasrapidas.org)

Otra:

“Laicidad: Mutuo respeto entre Iglesia y Estado fundamentado en la autonomía de cada parte
Laicismo: Hostilidad o indiferencia contra la religión.” (FUENTE: www.corazones.org)

Palabras de un papa muerto:

“Con frecuencia se invoca el principio de laicidad, en sí mismo legítimo, si es comprendido como la distinción entre la comunidad política y las religiones […] Pero ¡distinción no quiere decir ignorancia! ¡La laicidad no es el laicismo! No es otra cosa que el respeto de todas las creencias por parte del Estado, que asegura el libre ejercicio de las actividades de culto, espirituales, culturales y caritativas de las comunidades de creyentes.”  (FUENTE: Discurso de Juan Pablo II al cuerpo diplomático, 12 de enero de 2004)

Palabras de un papa vivo:

“A la luz de estas consideraciones, ciertamente no es expresión de laicidad, sino su degeneración en laicismo, la hostilidad contra cualquier forma de relevancia política y cultural de la religión; en particular, contra la presencia de todo símbolo religioso en las instituciones públicas. (FUENTE: Discurso de Benedicto XVI a los juristas católicos, 9 de diciembre de 2006)

Como puede observarse, la ortodoxia católica está más que interesada en diferenciar la laicidad del laicismo. La primera vendría a denotar una actitud respetuosa y de colaboración entre Iglesia y Estado, mientras que el segundo representaría una actitud hostil hacia la Iglesia. Sin embargo ya existe la palabra ‘anticlericalismo’ para referirse a esa hostilidad. Si bien es cierto que, por aquello de la tolerancia multicultural, resulta algo desfasado declararse anticlerical, su campo semántico sigue siendo el mismo y la economía del lenguaje nos dicta que no existe ninguna razón para introducir otra con el mismo significado. La razón de que dos papas apliquen su infalibilidad a estas sutilezas semánticas no está en que haya surgido un nuevo tipo de anticlericalismo que necesite ser bautizado. Esta razón, como veremos, debe buscarse en un lugar mucho más oscuro. Pero primero veamos varios ejemplos de usos católicos que podríamos dar a esta distinción. Si un Estado es independiente de la Iglesia para legislar pero lo hace guiado por la luz de la moral católica, sería un caso de “sana laicidad”. Sin embargo si un gobierno aprueba leyes contrarias a los preceptos morales de la Iglesia, estaríamos ante un caso de laicismo radical. Si existe una total libertad de culto, pero el patrimonio de la Iglesia Católica goza de un régimen fiscal privilegiado, entonces estaríamos en un Estado en el que impera la laicidad. Sin embargo si alguien afirma que el Estado no debería pagar el sueldo de aquellos que utilizan las aulas públicas como púlpito desde el que predicar, esa persona sólo puede ser un laicista recalcitrante. Si el Estado reconoce la libertad para recibir la educación religiosa que uno quiera y, al mismo tiempo, subvenciona la enseñanza en centros de ideario católico, estaríamos ante un Estado indudablemente laico. Sin embargo, si se retirasen todos los símbolos religiosos de las instituciones públicas estaríamos ante un atropello laicista de proporciones bíblicas. Aunque resulta divertido esto de buscar ejemplos de “laicidad” y “laicismo”, creo que la distinción ha quedado suficientemente ejemplificada.

Como decíamos, la nueva acepción de laicismo que los dos últimos papas han creado ex nihilo no tiene nada que ver con la emergencia de algún nuevo tipo de hostilidad hacia la religión. Cualquiera puede darse cuenta de que las críticas católicas al laicismo en realidad son críticas a los intentos de conseguir un Estado más laico. Sin embargo, la laicidad de los Estados tiene en nuestros tiempos demasiada buena prensa como para que se pueda criticar abiertamente. Por ello, y sin ánimo de psicoanalizar la compleja psique católica, podríamos decir que el acto de abominar del laicismo es una suerte de sublimación freudiana de un odio inconfesable hacia la laicidad de los Estados. Si seguimos con esta analogía psicoanalítica, podemos aventurar que el contexto social y cultural (superyó) reprime el tradicional odio católico hacia la laicidad y lo entierra en el inconsciente. Pero, ay, desde Freud sabemos que lo reprimido siempre vuelve con más fuerza y necesita manifestarse de algún modo. ¿Cómo? Canalizando ese odio hacia el nuevo enemigo del laicismo y declarando su amor hacia la “sana laicidad”. Estaríamos ante algún tipo de inversión freudiana en la que se declara amar aquello que se odia. Paremos un momento pues tal vez esté llevando la analogía psicoanalítica demasiado lejos y no quiero que se me acuse de dar crédito a pseudociencias. Sin embargo, no es necesario recurrir a la imaginería psicoanalítica para apreciar que el católico despoja la laicidad de todo aquello que le molesta y lo proyecta en un nuevo monstruo al que llama laicismo. Es como si yo odiase a los católicos y, para no mostrar mi intolerancia, dijese que adoro la sana catolicidad pero aborrezco el catolicismo. En ambos casos, tanto el real como el hipotético, estaríamos jugando con el sentido de las palabras de un modo inmoral y creando confusión para esconder nuestros cadáveres dentro del armario.

En fin, cuando alguien nos cante las bondades de la laicidad al tiempo que clama contra los atropellos del laicismo, haríamos bien en recordarle que su discurso esconde una velada aversión hacia el espíritu laico de la Ilustración. Que el laicismo busca profundizar en la laicidad del Estado debería ser una afirmación de Perogrullo y, cualquier otra cosa, no es más que enredar con el lenguaje. Tal vez deberíamos sentar a los católicos en el diván del psicoanalista y hacerles tomar conciencia de su odio hacia la laicidad para, así, disolver su neurosis antilaicista. No seré yo quien se atreva. Quién sabe los monstruos que podríamos despertar si hurgásemos en el inconsciente católico.

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‘¿Laicidad y laicismo?’ de Jorge A. Castillo Alonso en garabatosalmargen.wordpress.com está bajo licencia  Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported License.

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Gorgias, Humpty Dumpty y el significado de las palabras

Al pensar sobre estas cosas me ha venido a la cabeza la indignación que, siendo niño, sentí al enterarme de que la República Democrática de Alemania no era una democracia. Recuerdo que enseguida le pregunté al maestro por qué se llamaba así si no era una democracia. No supo qué responderme. Normal. Supongo que es difícil explicarle a un niño que las palabras no siempre significan lo que significan. Aún vuelvo a experimentar esa misma indignación siempre que me encuentro en un supermercado con esos paquetes en los que se puede leer ‘queso para sandwich’ y que contienen tan sólo un 40% de queso. Usar la palabra ‘queso’ para referirnos a algo que no es queso es uno de los engaños más viles que se pueden concebir. Rompe el acuerdo básico que hace posible que nos comuniquemos con los demás; a saber, que las palabras tienen un significado determinado que todos conocemos. Si ‘queso’ no significa queso y ‘democracia’ no significa democracia, entonces es imposible que dos personas lleguen a ponerse de acuerdo sobre los derechos civiles de los productores de queso.

Gorgias, uno de los malos de la historia de la filosofía, elaboró una teoría que explica por qué no hay nada malo en cambiar el significado de las palabras a nuestro antojo. No se trataría de una acción reprochable porque el lenguaje no tiene la capacidad para significar algo objetivo. En realidad para este maestro de la retórica no existe ninguna realidad objetiva que podamos comunicar. Pero, y aquí viene lo más gordo, aunque esa realidad existiese tampoco podría ser representada lingüísticamente porque el lenguaje no tiene nada que ver con aquello que pretende representar. La palabra ‘rojo’, diría Gorgias, es un sonido y, por más que queramos, no puede transmitir o comunicar la realidad rojo porque ésta es un color. Los sonidos ni son ni pueden transmitir sensaciones visuales, táctiles o de cualquier otro tipo y, por tanto, el lenguaje no sirve para comunicar ninguna realidad exterior.

Esta extravagante teoría —hay que recordar al lector que tiene más de 2500 años y que por aquel entonces no existían ni la semántica ni la lingüísitca— le sirvió a Gorgias para llamar la atención sobre otra de las funciones del lenguaje. Todos sabemos que el lenguaje no sólo sirve para decir cómo es el mundo (‘el gato está sobre la alfombra’) sino también para influir sobre la conducta de los demás (‘no estaría mal que me invitases a una taza de té’). Gorgias, al negar que el lenguaje pueda cumplir la primera de estas funciones, elige quedarse sólo con la segunda. El lenguaje, nos diría Gorgias, no es un instrumento que sirva para representar la realidad sino para dominar y manipular al otro, para convencerlo y plegarlo a nuestra voluntad. El que mejor maneja el lenguaje no es el que emplea las palabras de acuerdo con su significado habitual sino el que más éxito tiene convenciendo a los demás. No se trataría en este caso de convencer al otro de un modo racional y argumentado porque para hacer algo así es necesario que las palabras tengan un significado común. Se trataría más bien de persuadirlo o “hechizarlo” para que comulgue con nuestras ruedas de molino.

El espíritu de las teorías lingüísticas de Gorgias fue representado por Lewis Carrol en Alicia a través del Espejo mediante el personaje de Humpty Dumpty. Este sofista con forma de huevo emplea las palabras a su antojo provocando confusión en sus interlocutores. En un conocido pasaje de esta obra, citado innumerables veces por analistas de la pragmática y filósofos del lenguaje, Alicia protesta ante el uso arbitrario que Humpty Dumpty hace de las palabras. No es posible —arguye Alicia— que cada cual utilice las palabras como mejor le convenga sino que hay que usarlas de acuerdo con su significado. El sofista ovoide le responde que lo importante no es saber lo que las palabras significan sino “saber quién manda”. Las palabras no tienen un significado fijo que todos compartamos sino que éste depende de quién tenga el poder.

Gracias a Gorgias y a Humpty Dumpty ya podemos hacernos una idea de por qué ‘ataque preventivo’ significa ‘invasión y ocupación de un país durante siete años’; de por qué ‘establecer una zona de exclusión aérea’ significa ‘bombardear el palacio de Gadafi’; de por qué para las grandes empresas ‘tener perdidas’ significa en realidad ‘obtener menos beneficios’ o de por qué a nuestro gobierno le gusta llamar ‘ajustes’ a los ‘recortes sociales’. Para entender estos desbarajustes semánticos no es necesario conocer el significado de las palabras sino que nos basta con “saber quién manda”.

Los que pensamos que el lenguaje sirve para entendernos y que las palabras tienen un significado, seguiremos indignándonos cuando alguien intente vendernos como queso algo que no es queso o cuando alguien nos presente algún recorte de las prestaciones sociales como un ajuste necesario. La semántica se vuelve endiablada cuando se mezcla con la política y el uso de la palabra ‘ajuste’ es cualquier cosa menos inocente. La idea de que es necesario que nos ajustemos parece implicar que venimos de una situación anormal y que debemos resituarnos en la normalidad. Debajo de los discursos ajustadores siempre late la idea de que “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades” y de que el necesario ajuste nos hará retornar a un estado en el que viviremos como nos merecemos. Perdónenme pero ni el mismísimo Gorgias, que se jactaba de poder convencer a cualquiera de cualquier cosa, sería capaz de hacerme creer que he vivido por encima de mis posibilidades y que merezco ser “ajustado”.

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