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Trasímaco, los gobernantes y el cuñado del alcalde

Seguro que alguna vez han reflexionado sobre los oscuros intereses que se esconden detrás de alguna iniciativa legislativa y han llegado a la conclusión de que alguna ley que, en lo general, se presenta con nobles fines, en realidad sólo sirve para beneficiar a los poderosos. Posiblemente alguna vez se habrán preguntado por qué hay tantos políticos corruptos y por qué el perfil mayoritario de los aspirantes a políticos profesionales es tan sospechosamente parecido. No es mi intención dar respuesta a tales cuestiones, sino mostrar que los ciudadanos atenienses del siglo V a.C. se hacían preguntas muy parecidas. Se ve que cuando un sistema político entra en crisis y va perdiendo la legitimación ciudadana, los interrogantes que nos asaltan son siempre parecidos. Un ejemplo de ello lo podemos encontrar en uno de los mejores pasajes de la obra de Platón. En él nos narra un posible enfrentamiento entre Trasímaco y Sócrates en el que ambos discuten sobre qué es eso a lo que llamamos justicia. Al margen de unos pocos fragmentos descontextualizados, poco o nada sabríamos de Trasímaco de no ser por este primer libro de La República. En él, Platón nos dibuja a un Trasímaco fiero, iracundo, desafiante y desdeñoso. La puesta en escena no puede ser más ilustrativa de su carácter. Hállanse Sócrates y Polemarco manteniendo una conversación anodina y aburrida que amenaza con llevar al lector al sopor cuando Trasímaco aparece en escena. Su irrupción es de una fuerza tan arrolladora que el propio Sócrates confiesa estar a punto de quedarse sin habla. Trasímaco denuncia la autocomplacencia de Sócrates y Polemarco que, debatiendo sobre la justicia, se dan mutuamente la razón sin llegar a esclarecer nada. Más adelante incluso llega a acusar a Sócrates de mostrar una inocencia y candidez casi infantiles. Hay momentos en los que la fuerza de sus intervenciones hacen que Trasímaco se gane la simpatía del lector y la habitual dialéctica de Sócrates pase a segundo plano. Al final, el guión de Platón hace que Sócrates salga victorioso del lance y el personaje de Trasímaco acabe desdibujándose hasta desaparecer. Era de esperar. En una obra de Platón, Sócrates siempre juega en casa.

El desafío que presenta Trasímaco a los planteamientos socráticos es el que sigue: Lo que llamamos justo no es más que lo que, como tal, han establecido los que ostentan el poder. En cada sociedad es la clase dominante la que determina lo que es justo o injusto. Los que gobiernan legislan siempre en función de lo que les resulta más beneficioso y convierten la justicia en un instrumento de sus propios intereses. Además, nos dice Trasímaco, no se trata de algo eventual, sino que lo natural es que los que gobiernan utilicen su posición en beneficio propio y legislen para sí y para los suyos. Su planteamiento además es transversal a cualquier sistema político. Trasímaco no se casa con ninguna forma de gobierno y afirma que da igual un régimen tiránico, oligárquico o democrático. En todos ellos nos encontraremos con que los que tienen el poder utilizarán la justicia para su propio provecho. Veinticinco siglos después mucha gente comparte esa visión pesimista sobre la naturaleza humana. Seguro que más de una vez, ante alguna noticia de corrupción, han escuchado a alguien decir ‘¡Es normal! Si yo estuviese ahí también habría metido la mano’.

La respuesta de Sócrates a estas afirmaciones viene a ser que, al igual que todo saber técnico, la política debe tener una función con la que cumplir. Cualquier gobierno debe cumplir con la función de gobernar en beneficio de los gobernados. Se trataría de una cuestión meramente conceptual. Si la gobernanza tiene algún sentido es porque cumple con esa función, si un político dejase de realizarla ya no sería un gobernante sino otra cosa. Si un pastor deja de cuidar de su rebaño y se dedica a otras cosas, su quehacer, en tanto que pastor, deja de tener sentido y podríamos decir que es un mal pastor. Análogamente, si un gobernante deja de legislar en beneficio de su pueblo no está cumpliendo con la función que le es propia y es, por tanto, un mal gobernante. Desde el principio se advierte que la discusión está teniendo lugar a niveles distintos. Trasímaco habla desde un realismo que muestra cómo son las cosas y Sócrates desde una posición abstracta que plantea cómo deberían ser. Ambos están empleando la palabra ‘justicia’ con significados distintos. Trasímaco se refiere con ella a las leyes e instituciones concretas que rigen nuestro comportamiento público y Sócrates a un ideal ético-político que debería servir de guía para esas instituciones. El lector no deja de tener la sensación de que la discusión se desvanecería si los dos reconociesen que una cosa es el ideal de justicia y otra su escasa realización.

Sin embargo, ante la respuesta de Sócrates, Trasímaco da una vuelta de tuerca más y lleva la conversación a otro terreno. Aún concediendo que la función del gobernante sea la de gobernar en beneficio de los gobernados ¿por qué iba a querer nadie ser un buen gobernante? Sócrates -nos dice Trasímaco- es tan cándido que no ve que lo que motiva al pastor a cuidar de su rebaño no es el bien de sus ovejas sino el beneficio que puede obtener de su actividad. Si el político fullero obtiene más beneficio por su trabajo que el político honrado, lo natural es que proliferen los primeros. De hecho Trasímaco lleva su razonamiento a un nivel más general y formula una pregunta que ha traído de cabeza a muchos filósofos: ¿por qué iba a querer nadie actuar de modo honrado y justo? Los ejemplos que utiliza para ilustrar su postura nos hacen sonreír por lo cercanos que nos resultan; el tramposo saca más beneficio que sus asociados honestos, paga menos impuestos que los ciudadanos honrados y recibe más dinero público del que le corresponde. Hay cosas que con el paso de los siglos no cambian, seguimos teniendo la percepción de que el tramposo siempre gana y el justo siempre pierde. Aunque no fuese así ¿por qué una persona honrada y justa se iba a sentir motivada para gobernar? Al gobernante honrado se le exige que desatienda sus asuntos privados en beneficio de los demás y, además, -añade Trasímaco- de seguro que se ganará la animadversión de sus allegados por no favorecerles. La reflexión que hace Trasímaco sobre los inconvenientes que encuentran las personas justas cuando llegan al gobierno siempre me recuerda cierta ocasión en la que una señora comentaba en el autobús que el cuñado del alcalde estaba en paro y que, sin embargo, este no había hecho nada para colocarlo. Con esto, la buena señora no estaba cantando una alabanza sobre la integridad del alcade sino lanzándole un severo reproche por poder “enchufarlo de cualquier cosa” y dejar que su hermana “pasase necesidades”. Lo importante no es que esta mujer confundiese, como tantos otros, la esfera pública con la privada, sino que sus palabras son una ejemplificación de algo que duerme en el imaginario político popular, a saber, que lo normal es que los alcades enchufen a sus cuñados y favorezcan a sus allegados. Como pueden ver, Trasímaco sigue vigente. Esta vigencia nos muestra que, en ciertas cosas, la humanidad ha cambiado bien poco. Vayámonos, por ejemplo, a la política municipal. No por nada, sino porque en ella aún podemos conocer a los políticos sin que se hayan convertido en figuras mediáticas construidas por los aparatos de propaganda. Si observamos el perfil mayoritario de los aspirantes a concejales y alcaldes enseguida nos damos cuenta de que son la clase de persona a la que uno no le prestaría dinero. Piensen en la imagen mental que tienen de los políticos locales, no en un político concreto, sino en la imagen difusa que asocian al concepto. Seguro que ven con claridad a un gañán ambicioso y con poca vocación de servicio público. Desde Trasímaco hasta nuestros días los fulleros, tramposos, turbios y egoístas siguen teniendo una motivación más clara para gobernar que las personas honradas.

Ante el reto de Trasímaco, el cándido Sócrates responde que no es cierto que las personas justas no puedan encontrar motivación para gobernar. Los hombres honrados -nos dice Sócrates- sienten la necesidad de ocupar el gobierno cuando se percatan de que, de no hacerlo, cualquiera podría gobernar. Las personas justas, íntegras y honradas se sentirían obligados a gobernar para evitar que los gañanes ambiciosos que sólo buscan sacar tajada ocupen el poder. Si en una sociedad todo el mundo fuese justo -continúa Sócrates-, entonces nadie querría gobernar. No le falta razón a Sócrates en eso de que evitar que nos gobiernen políticos corruptos e incapaces es una muy buena motivación para meterse en política. También es cierto que todos podemos encontrar ejemplos de personas que han sacrificado su vida personal por una genuina vocación de servicio público y por el impulso altruista de querer mejorar las cosas. Sin embargo la balanza sigue cayendo del lado de Trasímaco. Parece que no basta con ser justo y honrado para querer acceder a los cargos políticos, también resulta necesario un cierto grado de altruismo y entrega a los demás. En cambio al gañán ambicioso le basta con su ambición parar querer acceder al poder.

Al final Sócrates y Trasímaco representan dos visiones de la política que aún hoy siguen siendo necesarias. Sin duda necesitamos a Trasímacos que, no sin cierto cinismo, denuncien a un poder que no sirve al pueblo sino a los fuertes. Que muestren las injusticias que se esconden tras nuestras leyes. Pero también necesitamos el idealismo de Sócrates recordándonos que las leyes están al servicio de los gobernados y que el legislador debe tener como finalidad la protección de los débiles y no el beneficio de los fuertes. En cualquier caso es necesario un entorno institucional que le ponga las cosas difíciles a los tramposos. Cuando un sistema político se vuelve demasiado permisivo con los desmanes de su clase política, los que pagan son los débiles. Sólo podremos desterrar para siempre la pesimista visión de Trasímaco, en la que los poderosos utilizan a su antojo las instituciones públicas, si demandamos más transparencia de las administraciones, mayores controles de la acción política y, por supuesto, castigos más severos. Que hacer trampas no salga a cuenta porque, de lo contrario, proliferarán los tramposos. En fin. Todos sabemos lo que tenemos que cambiar de nuestro sistema político para evitar que el cuñado del alcalde se lleve todas las concesiones municipales por obra pública y para acabar con la legión de cuñados que ocupan puestos públicos que nadie sabe para qué sirven.

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‘Trasímaco, los gobernantes y el cuñado del alcalde” de Jorge A. Castillo Alonso en garabatosalmargen.wordpress.com está bajo licencia  Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported License.

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